La Gran Traición

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Indecisos sobre si la foto del mes le pertenece a Paul McCartney por sus cuarta visita a la Argentina, o Michael Jackson por el terrible documental que lo vuelve a acusar de un crimen, decidimos hablar de los dos.

Paul McCartney llegó a la argentina pero antes, en Chile, le preguntaron sobre la debacle de Michael Jackson, a quien parece que por fin le llegó la hora del juicio definitivo de la opinión pública, entre otras cosas porque está muerto y ya no hay jueces o jurados que lo declaren inocente. Igual que la mayoría de las personas que vieron Leaving Neverland, McCartney se mostró espantado, pero dijo que no sabía del lado oscuro de Jackson, un buen ninguneo porque todos conocemos de lo que a Michael se lo acusa desde el año 1993.

Pero esta pequeña nota no es para hablar del brutal testimonio de dos de las supuestas víctimas de abuso de Jackson ni del nuevo tour internacional que trae a Paul a nuestro país por cuarta vez sino de la gran anécdota que estos dos tienen en común. Una historia que le mostró por primera vez al mundo que la amable y suave estrella del pop podía ser bastante traicionero.

Jackson y McCartney grabaron y filmaron juntos “Say, Say, Say” en 1983. Jackson adoraba a los Beatles y McCartney necesitaba el impulso de fama que le daría el participar con el artista más popular de todos los tiempos. Se hicieron amigos y el rey del pop terminó pasando unos días en la granja de Paul, conversando de bueyes perdidos. Y el buey perdido que obsesionaba más al genio de Liverpool era el derecho de las canciones de los Beatles.

Los Fav Four habían perdido el derecho de sus últimas 251 canciones (todas menos dos) al ser vendidas por Brian Epstein al principio de sus carreras cuando estaba desesperado por encontrar discográficas. McCartney y Lennon iban a comprarlas juntos luego de la separación del grupo, pero antes de ofertar por primera vez, John fue asesinado en New York. Paul intentó ir solo pero estaba lejos de 40 millones que pedían. Intentó convencer a Yoko Ono pero esta, amargada con los ex compañeros de su difunto esposos, se negó al principio y después acompaño displicente un intento. No hubo caso.

Dos años después, mientras cenaban junto a hogar de la granja de Sussex, Mac le contó a Jack que la mejor manera de invertir el dinero era comprar los derechos de las canciones de músicos famosos, de esa manera uno ganaba mucho dinero y de paso le daba a una mano a sus ídolos al ayudar a difundirlos mejor. Para cimentar esta idea, le mostró a la joven estrella de Indiana todo el catálogo que había ido acumulando: Buddy Holly, Carl Perkins y Al Johnson, entre otros.

Esta era toda una puesta en escena de Paul para tentar a Michael a ayudarlo a conseguir los derechos de sus canciones, mitad y mitad. Pero Jackson, más allá de mostrarse sorprendido y levemente interesado, solo atinó a decirle “A lo mejor yo me compro yo tus canciones”. Todos rieron, se abrazaron y se despidieron hasta la próxima.

Pero nunca hubo próxima porque nada más volver a los EE.UU. Jackson empezó a maquinar un plan maestro para quedarse con las canciones delos Beatles. En esos días, él estaba forrado en guita después del éxito de Thriller y mandó a su abogado John Branca a que desplegara a su mini ejército legal para conseguir el objetivo en secreto.

No fue fácil, pero dos años y una oferta de 47 millones de dólares después, Michael Jackson estaba a punto de lograrlo. McCartney se enteró porque el fondo de inversiones que era dueño del catálogo lo contactó para ver si subía la oferta. Paul pateo todos los muebles que tenía a mano pero no pudo ni por lejos llegar a esa suma. Para él, ese pequeño artista americano que se estaba comiendo al mundo le había clavado un hacha en la espalda. Nunca se le iba a perdonar.

Jackson siguió teniendo esos derechos por diez años, pero en 1995 sus finanzas eran tan exuberantes y su estilo de vida tan bizarro, que el público empezó a verlo más como una caricatura polémica y menos como un artista. Para evitar la quiebra a la que casi se mete por construir zoológicos privados, estatuas gigantes de sí mismo y por pagar millonarios acuerdos por sus denuncias de abuso, Jackson, entre otras cosas, debió vender las canciones de los Beatles a Sony Music.

Pero tampoco Paul las tuvo a mano: Adquiridas por 90 millones, Sony no estaba con ganas de regalarlas en ese entonces. Sí lo estuvo el año pasado, cuando finalmente se las dieron a McCartney por casi nada. Cerrando un círculo largo y desgastante y dando fin a una gran traición.

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