Sangre Absurda, México vuelve a ser noticia por un hecho de sangre y brutalidad

0
672

México vuelve a ser noticia por un hecho de sangre y brutalidad. Pero no hay que engañarse, no es “algo nuevo”, es lo mismo de siempre. Desde que comenzó la guerra de los cárteles en el 2006, el país norteamericano muestra el peor rostro del que siempre fue venerado como meca de poetas perseguidos y militantes derrotados.

Que ahora sean 43 estudiantes, desparecidos, marcados por el gobierno, entregados por la policía, posiblemente brutalizados  por el Narco, ha conseguido que lo absurdo de la violencia en México vuelva a ocupar las portadas de cientos de diarios y los ojos de millones de personas.

La historia es más o menos así: un grupo de estudiantes a maestros rurales de la Normal de Ayotzinapa, en el Estado de Guerrero, al suroeste de México, se dirigían como podían a la ciudad de Iguala para realizar prácticas y juntar fondos para participar de las marchas del 2 de octubre en el DF. Esa fecha, el 2 de octubre, homenajea una matanza del Estado contra estudiantes de las universidades, que protestaban en 1968.

Los jóvenes de la Normal de Ayotzinapa ya eran famosos por manifestarse fuertemente contra la sangrienta influencia que los cárteles de Narcos ejercían en Guerrero, y especialmente en las periferias rurales donde asesinatos, vendettas y ajustes que nadie veía pero todos conocían, desangraban a los habitantes. Sea que supieran quienes eran o no, la policía informó a la municipalidad de Iguala de la proximidad del convoy estudiantil. José Luis Abarca, el intendente, había ascendido al poder de la mano de su esposa, María de los Ángeles Pineda, una mujer cuya familia, empezando por su propia madre, habían sido fieles operarios de los Beltrán-Leyva, la narco-dinastía que dominó el sur de México durante décadas.

Pineda y sus conexiones llevaron rápidamente a su marido a la alcaldía, en un camino que hoy se sabe estaba embadurnado de sangre de cuanto opositor asomara en el horizonte. Pero ahora era el turno de la reina María de entrar en política y justo se encontraba en las vísperas de un acto proselitista en Iguala. Abarca no podía permitir que los normalistas de Ayotzinapa reventaran el acto de su mujer y ordenó suprimirlos, por las dudas. La policía obedeció con fría brutalidad y los trató como a sicarios narcos, en cuyo caso, un protocolo nunca escrito sostiene que deben ser entregados a la banda rival para que ellos hagan la faena correspondiente.

A los jóvenes se los detuvo, a los jóvenes los bajaron a culatazos de los camiones, a los jóvenes los torturaron para que terminaran diciendo lo que la policía y los narcos querían, y a los jóvenes se los arreó como ganado a un destino oscuro y por ahora incógnito de la mano de los “Guerreros Unidos”, la banda delictiva que controla la región.

El Estado, la policía, los narcos, todos funcionaron con aceitada eficiencia para que descubramos que, en México, el gobierno ya no es simplemente corrupto, es una organización delictiva inseparable e indistinguible de lo que es un cártel.
La noticia de las desapariciones comenzó a hacerse escuchar más fuerte y más rápido de lo que al gobiernos federal de México le hubiera gustado o convenido. Con pesadez empezaron a mover fichas para esclarecer, y cuando los suaves rumores se convirtieron en el grito de dolor de Ayotzinapa, intervinieron con ejercito, fiscales y justicia federal.

Aquí es donde el absurdo entra en juego. Parecería cómico si no fuese tan brutal lo que se debate de fondo: un Estado Nacional tan absolutamente enredado en sus excusas e indolencia que, viéndose presionado “en serio” por los reflectores internacionales (alias EE.UU. y Europa), tropieza y cae con sus pantalones bajos. El intendente Abarca y su mujer que se dan de baja para “facilitar la investigación” y oportunamente se fugan, despareciendo hasta ser encontrados a fines de octubre en casa de amigos en el DF. La policía y el ejército que no encuentran rastros de los 43 desparecidos, pero que buscándolos destapan decenas de fosas comunes con miles de muertos que nadie reclamó o a nadie le importó. Un Procurador General que entrega informes fundamentados solo con testimonios de supuestos sicarios narcos, a los que el pixelado del video no puede ocultar los evidentes moretones de la tortura a la que fueron sometió durante las “declaraciones”. El mismo procurador que se impacienta con su propia presentación de pruebas y la cierra declarando “estar cansado”. Declaraciones que parecen comprometer al propio ejército, cuyos efectivos habrían estado allí, en la escena del crimen.

Fue el Estado, el Estado asesinó a seis personas y entregó a su desaparición a 43, y es ahora quien no quiere moverse para encontrarlos y destapar la olla de podredumbre que todos huelen. Porque una cosa es matar a un jefe narco que ha perdido el favor y exponerlo como trofeo, y otra reconocer que la gangrena, hace mucho se comió los miembros de un cuerpo agotado. Pero hay esperanza y son los miles que se levantan para marchar en estos días de aniversario negro. Que se reúnen en la plaza del DF ( y de muchas ciudades en el mundo) para exigir justicia. Si ese fuego de furia no se apaga, bien puede haber una oportunidad para que esta connivencia maldita, esta asociación nonsancta, se termine de una buena vez.

Cuando en Argentina alguien se preocupa porque periodistas son apretados por la mafia de la droga o se asusta por algún “triple crimen” que involucra machetazos y tiros en la nuca, nunca debe olvidar las enseñanzas de México: Es, fue y será siempre el Estado quien lo permite.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here