Ansel Kiefer: La memoria como sanación

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El 8 de marzo de 1945, en Donaueschingen, a finales de la II Guerra Mundial, en una Alemania prácticamente derrotada, nació Anselm Kiefer: “Nací en el sótano de un hospital. Ahí es donde mi madre me dio a luz y esa misma noche nuestra casa fue bombardeada”. Hijo de un oficial de la Wehrmacht, su infancia estuvo marcada por el autoritarismo de su padre y una férrea educación católica.

Alemania quedo devastada y dividida por la guerra: en este contexto creció este artista que abandonaba sus estudios de Derecho para estudiar en la Academia de Arte de Friburgo primero y en la de Karlsruhe, después.

Antes de graduarse estudió también con Joseph Beuys. En 1971 se traslada a Hornbach, en el sur de Alemania, donde vive con su familia en una antigua escuela, cuyo ático convierte en estudio. Este estudio se convertiría en el tema de muchos cuadros de los años setenta.

En un primer momento, Kiefer basó su estilo en la obra de Georg Baselitz, trabajando gruesas capas de color con fuego o ácidos y combinándolas con vidrio, madera o elementos vegetales. Sus obras hacen un uso muy extendido de las técnicas mixtas, en donde se fusionan la pintura, la escultura y la fotografía, mediante técnicas como el collage o el assemblage, con una pincelada violenta y una gama cromática casi monocroma, mezclando materiales como alquitrán, plomo, alambre, paja, yeso, barro, ceniza o polvo, o flores y plantas. También utiliza materiales de desecho, incluso armamento militar, como en El orden de los ángeles (1983) y Tumba en los aires (1986).

Hasta 1980, sus obras apenas eran conocidas fuera de Alemania. Fue en este año, y gracias a su presentación junto con Baselitz en la Bienal de Venecia, cuando su trabajo alcanzó proyección internacional. Sus obras Parsifal y Los héroes espirituales de Alemania desataron la polémica más allá de su país.

El artista está convencido de que la memoria es lo único que nos permite afrontar los traumas de nuestra historia y por ello comparte con el poeta Paul Celan un sentimiento de melancolía que le lleva a pintar el cuadro Margeritte (1981), influenciado por sus poemas.

“Aquellos tiempos durante la Segunda Guerra Mundial son parte de mi historia, parte de mi memoria, pero es la última parte de mi memoria, así que los recuerdos de cada ser humano se remontan mucho más atrás, se remontan a los dinosaurios, incluso antes… creo que incluso recordamos los tiempos geológicos”.

Anselm Kiefer no es ni un historiador ni un pintor de paisajes, sin embargo, ambos son partes integrales de su pintura. Habitaciones pintadas y formaciones del paisaje crean áreas culturales complejas, con la que el autor reflexiona sobre los mitos, la historia de Alemania, figuras de culto y de culto a la muerte.

A comienzos de los años 90, tras una serie de viajes por todo el mundo, Kiefer comienza a inspirarse en temas más universales, igualmente basados en la religión, la simbología, la mitología y la historia, pero centrándose más en el destino global del arte y de la cultura, así como en la espiritualidad y la mente humana.

Desde 1993 Kiefer vive y trabaja en Barjac, un pequeño pueblo francés, cerca de Avignon, donde ha creado un laboratorio artístico que le permite conjugar ideas y materiales, transformándolos en nuevas experiencias artísticas.

Anselm Kiefer es uno de los artistas alemanes más importantes, y que se ha labrado una reputación internacional. Se le concedió el “Praemium Imperiale” de la “Asociación de Arte de Japón” en 1999 por la obra de su vida. También se le otorgó el “Friedenspreis des Deutschen Buchhandels” (El Premio de la Paz de los Libreros Alemanes), que es por primera vez dado a un artista visual. Además de pinturas, la extensa obra de Kiefer también comprende acuarelas, gouaches, grabados, fotografías, libros y esculturas.

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