Arte | Los Misterios de La Gioconda

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Es muy difícil que alguien no conozca a La Gioconda, la obra de arte plástico más famosa de todos los tiempos. Creada por Leonardo Da Vinci hace quinientos años y hoy la definición visual de pintura en cualquier enciclopedia, reproducida hasta el cansancio y la gran estrella de un museo de por sí superlativo, como es el Louvre.

Y sin embargo, a pesar de su fama proverbial y sus justificados valores, la obra no parece guardar en sí misma las respuestas de tanta exposición, tanto revuelo a su alrededor. Hay algo más, algo que trasciende cualquier análisis técnico o estético de la obra. Es un símbolo, una estrella entre tantas, pero casi con toda seguridad no es la pintura trascendental para la historia del arte que tantos sostienen y que la llevó a colgar soberbia tras un vidrio antibalas.

Para dejar las cosas en claro, el cuadro es muy bueno, sobresaliente incluso. Ya en sus tiempos (Leonardo Da Vinci la pintó entre 1503 y 1519) la obra era apreciada como un gran ejemplo del talento del artista y una muestra cabal del estilo naturalista, el uso de la perspectiva y sobre todo el sfumato, el degradado sutil de luces y sombras para destacar las formas, que serían todas técnicas que dominarían la pintura por los próximos siglos. Pero además se pueden notar en ella las dotes particulares de Da Vinci, su paciencia y meticuloso trabajo en los detalles, el trazo e incluso la correcta anatomía de un cráneo bajo la piel, por ejemplo.

Los misterios que hicieron célebre a la Mona Lisa, la sonrisa y la identidad de la retratada, no fueron tema de debate hasta entrado el siglo XIX. Cuando fallece en la corte de Francisco I, en Avignon, los trabajos de Leonardo que habían quedado con él, pasaron a la colección real francesa y desde entonces colgó en los palacios de los Borbones hasta que la revolución reclamó sus cabezas y la colección de arte, para el pueblo.

Tras un breve paso por los aposentos privados de Napoleón, la pintura terminó en el Louvre y allí comenzaron las especulaciones. Siempre se creyó y dio por sentado que la modelo es Lisa Gherardini, esposa del mercader florentino, Francesco del Giocondo (de allí su nombre), sin embargo ninguna prueba de ese encargo sobrevivió y de hecho Leonardo no la entregaría a patrón alguno. Cuando luego de las guerras napoleónicas el mundo volvió a interesarse por el clasicismo y el renacimiento, las especulaciones y conjeturas sobre su identidad y su significado explotaron. Para algunos era una seductora cuya sonrisa escondía invitaciones veladas de lujuria, mientras que para otros fue el símbolo de la castidad más pura, o por qué no la amante de Leonardo e incluso un ser mágico y oscuro, de vida infinita.

El Romanticismo del Siglo XIX (como lo haría luego el siglo XXI) idealizó también a Da Vinci como un genio, inventor y adelantado a su tiempo, por más que ninguno de sus prototipos haya sido creado o siquiera inspirado el avance de la ciencia.

La pieza se volvió icónica pero no se compara con la increíble publicidad que ganaría en 1911 cuando fue la protagonista de uno de los robos de todos los tiempos. El lunes 21 de agosto de 1911, el carpintero italiano Vincenzo Peruggia, que trabajaba en las restauraciones del museo, salió caminando con La Gioconda bajo su guardapolvo. El gobierno francés enloqueció, cerró fronteras y arrestó marchantes y artistas sospechosos (Pablo Picasso entre ellos) y la prensa no paró de hablar del robo del siglo. Dos años después, Peruggia fue arrestado luego de intentar vender el cuadro a un cliente en Italia. Jamás dijo si tuvo cómplices y declaró haberlo hecho por puro patriotismo, para regresar la obra a su tierra natal.

La Primera Guerra Mundial que estallaría 1914 se llevó toda la atención del público por los siguientes años, pero en 1932, en un extenso artículo publicado por el periodista estadounidense Karl Decker en el Saturday Evening Post, se relató una conversación que Decker mantuvo con un personaje llamado Eduardo de Valfierno. Un estafador argentino que, viéndose morir de viejo decidió confesar que había sido él quien contactó a Peruggia para el robo, pero cuyo fin último era vender seis copias que había realizado su cómplice, el falsificador francés Yves Chaudron, y no quedarse con el original; por lo que nunca más se contactó con Peruggia y, para 1913, viejo y enfermo pero millonario, le contó al periodista su verdad con la condición de que se publique tras su muerte. Esta historia, sexy y emocionante, fue repetida por décadas e incluso inspiró considerables obras de ficción. Pero tiene un pequeño inconveniente. Salvo el artículo de Decker, un periodista conocido por “jugar con la verdad” en sus textos, no hay ninguna evidencia, no ya de la participación de Valfierno en el robo, sino de la existencia del hombre en cuestión. Tampoco se identificó nunca a los 5 compradores estadounidenses y el brasilero que cayeron en la estafa, ni aparecieron jamás las infames copias de Chaudron, que por cierto tampoco parece haber existido.

Ajetreada como fue la vida de la Mona Lisa, todavía le quedaba el definitivo pase a la inmortalidad de la mano de… la vanguardia, ni más ni menos. El arte del siglo XX tomaría el símbolo de La Gioconda, sus falsos misterios y los volvería íconos de la histeria de masas. Empezando por Marcel Duchamps, que le pintó barba y bigote (sí, ahí comenzó) y la tituló L.H.O.O.Q. El nuevo milenio ha visto aumentar todavía más el misterio desde que Da Vinci fue declarado no solo genio y adelantado, sino además encubridor de secretos místicos.

Una obra de y para todos los tiempos, La Gioconda posiblemente no sea nada de lo que se dice: sin misterio en su sonrisa, sin muerte acechando en sus ojos, sin haber sido robada por un argentino y posiblemente sin siquiera ser Lisa Gherardini del Giocondo. ¿Lo que sí es? Una obra marcada para la fama.-

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