El problema de todos

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A lo largo de su abundante carrera, Norman Rockwell recibió toda clase de elogios por sus trabajos, sus ilustraciones son hasta la fecha, emblemas de la cultura estadounidense de la primea mitad del siglo XX.

Sus contribuciones para la revista Saturday Evening Post son considerados algunos de los retratos más carismáticos y coloridos de la vida diaria de ese país. Incluso fue el responsable de levantar el ánimo de su país durante los devastadores años de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, lo que nunca se dijo de Rockwell es que fuera un artista.
Siempre menospreciado por los críticos durante y después de su vida, se lo consideraba un pintor con una técnica refinada, pero malgastada en banalidades, imágenes de familias alegres y temáticas inofensivas, poco comprometidas y sumamente burguesas. Mientras él pintaba a gente común cenando en cafeterías de ruta, Jackson Pollock rupturaba el arte moderno con sus abstracciones y Andy Warhol elevaba hasta la santidad a una lata de sopa. Al lado de ellos, al popular Rockwell se lo llamaba “ilustrador”, algo que para él estaba perfecto, eso es lo que era, lo que él mismo se consideraba.

Más allá de este desaire que le propinaron los expertos, Rockwell se volvió sumamente popular entre los lectores del Saturday Evening, especialmente durante la segunda guerra y los años 50´s. Por ejemplo, su representación de Rosie the Riveter (personaje que idealizaba el rol de la mujer remachadora de aviones y barcos durante la guerra) se volvió una icónica fuente de inspiración en un momento de oscuridad. También fueron famosos sus cuadros sobre las cuatro libertades que el presidente Roosevelt mencionaría en su célebre discurso de enero de 1941 o el retrato de una madre y su hijito dando las gracias en una cafetería abarrotada. No hay nada superlativo en su estilo realista, sola la simpleza de rostros comunes viviendo momentos sencillos.

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Pero sobre el final de su carrera, Rockwell tenía guardado algo bajo la manga. En 1963, cansado de los límites que el Saturday Evening le ponía a sus inquietudes políticas, Rockwell rescindió su contrato y se fue a trabajar a la revista Look, una publicación que le permitió una mayor expresión a sus intereses, especialmente vinculadas a los derechos civiles y la integración racial.

La obra más importante de su carrera es de esta etapa. Su objeto y el nombre que le puso, estremecen. En ella se ve a una niña negra, de no más de 10 años escoltada por cuatro hombres con cintas en los brazos indicando que son oficiales del Estado.

Esta nueva faceta de Norman Rockwell entregó sus obras más oscuras, más significativa y, sin dudas, las más trascendentes. Comenzó con su estilo característicamente colorido y realista en “New Kids in the Neighborhood (los niños nuevos del barrio)” en donde tres chicos blancos miran de manera inquisitiva a dos niños de raza negra; y terminaría en “Southern Justice (Justicia Sureña), en donde un hombre blanco sostiene a un agonizante hombre negro que ha sido apaleado, mientras otro blanco yace muerto a sus pies, mientras las sombras de sus atacantes se extienden sobre ellos. Estas ilustraciones son tan diferentes de los idílicos y optimistas retratos de la vida estadounidense y sin embargo ahí están, con todo el crudo realismo de Rockwell.

La obra más importante de su carrera es de esta etapa. Su objeto y el nombre que le puso, estremecen. En ella se ve a una niña negra, de no más de 10 años escoltada por cuatro hombres con cintas en los brazos indicando que son oficiales del Estado. Sobre la derecha, en la pared de fondo, un grafiti con un insulto y un tomatazo dejan adivinar que alguien no es bienvenido en esa escena.La pintura se llamó “El Problema con el que Todos Vivimos”.
La historia de la pintura, que fue página central de la edición de Look de enero de 1964, es la de Ruby Bridges, una niña de seis años que en 1960 fue la primera en asistir a una escuela de niños blancos durante los primeros intentos por integrar la educación pública en Nueva Orleans. Solo 4 niños afroamericanos aprobaron el examen de ingreso a primer grado, cuya dificultad había sido deliberadamente aumentada para intentar hacer fracasar el “experimento”. Luego de esta pequeña victoria de la integración, muchos padres sacaron a sus hijos de la escuela de Ruby pero acudían todo los días a expresar su recalcitrante racismo sureño. Un solo maestro aceptó dar clases en el curso de la niña y muchas veces lo hacía con Bridges como única alumna. De más está decir que la escolta oficial era más que necesaria.

Con el tiempo todo se calmó, Ruby siguió asistiendo a la escuela y de a poco los niños blancos volvieron al aula. La segregación iría desapareciendo del ámbito público, si bien persistiría en la conciencia privada de una cultura xenóphoba en su origen.
Norman Rockwell moriría en 1974, de un enfisema, a la edad de 80 años, su reputación en el arte no cambiaría: sería recordado como un gran ilustrador y el responsable de una de las obras que mostraba las venas bajo la piel norteamericana. Ruby Bridges se graduó del secundario, se casó y tuvo cuatro hijos. Jamás dejó de militar por los derechos civiles en su país y creó en 1999 la «Fundación Ruby Bridges» para promover la tolerancia y crear cambios a través de la educación. En 2011 visitó al entonces presidente Barack Obama y lo convenció de colgar el cuadro de Rock en el pasillo que lleva al salón oval. Mientras lo observaba en silencio junto a Bridges, Obama le dijo: “Debo decir que si no fuera por ustedes, yo no hubiera podido llegar aquí.

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