Entrevista | Miguale Ángel Solá: El último traje

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“Me sentía incómodo, aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era absolutamente necesario”, escribió Samuel Beckett en “El expulsado”, un párrafo que refleja la esencia de la prolífica trayectoria Miguel Ángel, actor de papeles memorables. Por su trabajo en todos los géneros de la actuación Solá se ha ganado el podio de los más sobresalientes de la historia iberoamericana. En el exilio español continuó alimentando una carrera sin altibajos y una vida con giros inesperados, con un guion casi cinematográfico: desde la llegada de su abuelo, la familia de actores, exilio, accidentes, estafas varias, etc. Ahora se luce como Abraham Burstein en “El último traje” de Pablo Solarz.

Se trata de un sastre judío de casi noventa años que fue salvado por un amigo en la segunda guerra mundial e intentará llegar a Polonia desde Argentina, cruzar media Europa y con la ayuda de algunos personajes que cambiarán su manera de ver el mundo. Solá, premiado recientemente en teatro, vuelve a destacarse en un papel protagónico diferente a todo lo que haya realizado antes. Envejece más de veinte años para personificar a un hombre fuerte que en su mirada refleja años de miedo y silencio. “Hoy miro mucho más y desde otro ángulo a la gente mayor que yo. La soledad, en momentos extremos como los de El Último Traje, es algo difícil de abordar. La ausencia de cariño, también. El personaje me fue obligando a asumir lo no vivido. Mi abuela dijo un día que ella sintió que era vieja cuando dejaron de tocarla. De ahí partí para contar una realidad que no vivía yo, pero que debía ser la verdad, sólo la verdad. Muy difícil, pero Abraham resuelve su dolor yendo hacia adelante, buscando un futuro suyo -largo, corto, da lo mismo- ahí está su fortaleza y su resurrección. Y tiene la fortuna de encontrar personas que lo ayudan como en un cuento de hadas sin hadas”, expresa.

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“El último traje” posee diversas miradas universales que generan empatía pero ¿Qué fue lo primero que te entusiasmó de un guion que tranquilamente podría haber sido también un libro?

Al leer el guion pensé: “es una historia que habla del amor, pero que se desarrolla en el desamor, qué difícil…” También pensé: “habla del “delito”, de haber nacido en el momento exacto en que una sociedad se quiebra, tras un caldo de cultivo brutal que instala el odio “al otro”, es para los tiempos que corren”… Y me dije: “un personaje así sirve para escuchar con nitidez los gritos ahogados del pasado sin resolver, que podrían ser los aullidos del porvenir”, eso último lo escribí en la última página del libreto. Y “cualquier pueblo puede caer en el mismo pozo. Cualquier ciudadano puede ser Abraham Burstein. Y si cualquiera puede: yo soy Abraham Burstein”. También pensé otras cosas, desordenadas y difusas, que son las que trascienden la comprensión y se convierten en emociones no manejables y en tesoros del personaje a los que la mente del actor -al menos, el actor que soy yo- no tiene acceso.

Leí críticas muy auspiciosas de la película, por ejemplo una de un medio de Brasil que destacó que era un filme de sensaciones y de inmersión, ¿Cuál fue tu balance al verla por primera vez?

La primera vez no vi la peli. Lloré todo el tiempo, escondiéndome de la gente que estaba a mí alrededor. Era horrible, incontrolable y eso no estaba bien, no iba a poder explicar qué me pasaba. Creo que mi cuerpo recordaba haber sido ese hombre cincelado a pérdidas y no quería verse ahí. Temblaba y lloraba. Me venció, no sé…

Es que realizás un esfuerzo físico arriesgado, personificando alguien más de 20 años mayor y salir airosamente bien parado, ¿Cuánto te llevó lograr a un Abraham tan real?

Envejecí veinte años hurgando en una ficción que remite a todo tipo de bestialidades cometidas por los hombres. Sentí a ese hombre respirando en mi cerebro catorce, quince horas diarias. Durmiendo poco, descansando menos durante las nueve semanas que vivió conmigo. Mi cara ya fue otra cara, mi cuerpo se convirtió en otro. No exagero, me cambió el día a día. “El Último Traje” no me dio opción. Me dejó con las tripas al aire.

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En momentos donde la edad jubilatoria, la reforma previsional vuelven a ser tema en nuestro país, ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Temor racional y del otro. Es una Reforma que está en manos de quienes no sufren ni sufrirán la “edad jubilatoria” de la misma manera que el común de los jubilados. Ojalá la buena conciencia prevalezca por sobre cualquier “tendencia” economicista.

El disparador de “¿cuánto vale una vida?” que plante el film funciona también como reivindicativo del humanismo de tantos anónimos que jamás saldrán en los diarios por su servicio a los demás, ¿En qué o quiénes te hizo pensar?

Siempre en las víctimas. Siempre en los débiles. Es inevitable. Los animales, insectos y pájaros parecen responder a ciertos signos de armonía, a un misterio grupal, o a los designios de una especie de mente superior que los “ordena”, digamos. Un león no precisa ser otra cosa que un león para cumplir su rol. Los derechos de la hormiga o de la mosca no son más que su obligación. Pero el ser humano es más complejo: siente, piensa, razona, discierne, va y viene, y quiere cumplir con su determinación de ser libre. Cuando todo eso desaparece en él, ¿En qué se transforma? ¿Cuánto vale una vida? Lo sabemos cuando estamos perdiendo la libertad. Lo sabemos cuando un hijo se enferma y no podemos hacer más que esperar de los demás lo que podemos no resolver por nosotros mismos. La vida, en esos momentos, vale como el aire que entra por nuestros pulmones.

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¿Cuáles han sido en tu vida esos seres anónimos cargados de valentía que han sido esenciales, voluntaria o involuntariamente?

Hay mucha gente dando lo mejor para los otros. Lo mejor que puede entregar, dejándose el pellejo cada día para educar, alimentar, curar, cuidar, ayudar a vivir los demás. Esa es la gente que vale para todos, pero sus voces no se escuchan más que lo que grita la tele. En lo personal, mis amigos, los que me ayudan a vivir, a tener ilusiones, los que, a pesar de los años siguen dando muestras de quererme. Mi mujer (Paula Cancio), que me ayuda a levantarme si tropiezo. Mis hijas… son la fuerza de rescate cuando me pregunto ¿Cuánto vale mi vida?

Pablo colocó la fuerza de Abraham en una amistad, en la vida que salvó una amistad. Ojalá todos tuviéramos amigos como el de la historia. Y vivos. Yo los tengo y recurro a ellos. Y responden con la mano tendida. Que nunca me falten.

Abraham hace lo que debe hacer y es consecuente con lo que cree, dos acciones casi en extinción en la raza humana. ¿Pensás que el mundo sería un lugar mejor si hubiera más personas así?

Sí, la gente que no ha dañado a nadie por más daño que haya sufrido, son imprescindibles. Abraham, lleva consigo la memoria del miedo pero eso no lo paraliza. Y llega a comprender que “algo” se coló en su burbuja: la necesidad de vivir por y para sí mismo los días, meses, años, que le queden. La vida es el único motor de la vida y su único legado.

¿En cuántos eslabones estamos fallando para que estos ejemplos no sean los que inspiren?

Eso es muy complejo de responder, pero debe tener que ver con lo mismo: el amor o no a la vida. Sólo se me ocurre que las palabras deberían ser herramientas de amor. Y hay quien las adultera hasta el estrangulamiento con tal de sacar rédito personal. Las teorías no valen. Sólo valen las acciones que favorezcan a los humanos que padecen por la indiferencia o la maldad. Acciones honestas desde el trabajo, desde el estudio -sobre todo las de aquellos que han sido honrados para dirigir un destino en común- acciones que muestren la capacidad de ayudar al prójimo. Porque eso somos: prójimo, próximos, parecidos y diferentes. Quizá sea una ingenuidad lo que digo, pero siento eso y también pienso eso. Lo demás forma parte de la macabra fiesta de los que acumulan lo que no pueden gastar en una vida.

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¿Pensás en contar alguna vez tu historia en las tablas o en la pantalla? La imagino dirigida por tu hija María Luz.

No amigo, no da para tanto. Yo ayudo a contar historias. Mi pasión estuvo siempre centrada ahí, en mi vida de actor. Y en buscar el amor, con aciertos y errores. Mi vida no tiene nada de particular más que el empecinamiento por cumplir el destino, que, intuitivamente, creí que me correspondía. María Luz tendrá que descubrir qué historia quiere contar mientras va construyendo la suya. Ojalá fuera yo fuente de buena inspiración para ella, pero creo que su destino es creer para crear, y el mundo que heredan los hoy jóvenes es de una complejidad que no da espacio a biografías del otro milenio como la mía (risas). En “Asesinato en el Senado”, “Casas de Fuego”, “El último traje”, y en algunas más está toda mi biografía. En cada escena hecha con inteligencia, honestidad y pasión por actuar está mi vida. En cada uno de esos otros seres salidos también de mí.

Hace unos instantes te preguntaba de los valientes y vaya que lo has sido. Te impidieron de muchas formas llegar a la gente… ¿Cómo se lucha contra eso?

Se padece mucho más de lo que se lucha. Siempre hay alguien que quiere que nos vaya mal, pero también hay alguien que quiere que nos vaya bien. Siempre hay alguien dispuesto a hacer lo posible para que fracasemos, pero también hay alguien que desea vernos triunfando sobre los obstáculos. Alguien que no nos quiere ni entiende y alguien que nos alienta y se esfuerza en captar el sentido de nuestros actos. Quien desconfía de nosotros y quien confía en nosotros. Esa es la vida. Absurdo intentar cambiarla. Hay que seguir con lo bueno y no darle demasiada bola a lo malo.

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¿Qué balance hacés de la profesión y cuáles son tus asignaturas pendientes?

Difícil pregunta, muchos años sin que se me ofreciera nada en Argentina. Creo que con “El Último Traje” termina mi ronda de protagonistas en cine. Es un final bonito. Es un trabajo bello, lo digo sin arrogancia. Se me entregó una hermosa responsabilidad y cumplí. Sobre todo con Pablo Solarz y con Gerardo Herrero. Ahora, la producción argentina me regala mi primer afiche con un personaje mío en primerísimo plano. ¡Primera vez! en cuarenta y siete años de carrera. Es un final bonito, con el más difícil de los protagónicos, a mi juicio, posibles.

La justicia es lenta pero a veces llega. Te pregunté tanto sobre el trabajo que nada de hobbies de entrecasa. ¿Están escribiendo con Paula (Cancio, su mujer)?

Tenemos un único hobbie que se llama Adriana (Su hija). Tiene cuatro años. Omnipresente y hermosa. Un desafío único. Nos deja poco tiempo para más esto de ser familia. Hacer teatro y leer, robándole horas al sueño. Y esperar que nos salgan otros trabajos que nos posibilite el vivir en el país.

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