Franco Verdoia y Un gran estreno nacional

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Siempre que aparece una gran película revitaliza el género. El director cordobés Franco Verdoia hace rato que es cosa seria en diversas ramas del arte y con “La Chancha” -su tercer largometraje que este jueves se estrena por CINE AR- confirma su pericia para narrar historias que dejan al espectador con la sensación de felicidad tras haber sido testigo de una obra deslumbrante.

La Chancha es un thriller psicológico que va aumentando sus pulsaciones y respiración del mismo modo que el protagonista Pablo (interpretado magistralmente por Estaban Meloni) evoluciona en su conflicto. La trama se sitúa en unas vacaciones familiares en las sierras de Córdoba donde Pablo vive un inesperado reencuentro que actualiza un trauma de su niñez. Confrontado con la ironía de la casualidad, inicia un perturbador retorno a los paisajes de su infancia, arrastrando en su proceso a su compañera Raquel (magnifica la brasilera Raquel Karro) y a su hijo Joáo (un hallazgo extraordinario de Rodrigo Silveira). Pablo decide permanecer allí, recuperando un vínculo pasado para enmendar un recuerdo que condicionó toda su vida. Completan el elenco un eficaz Gabriel Goity y Gladis Florimonti, en una faceta desconocida.

Franco además de director de cine, es dramaturgo, fotógrafo y director de teatro y publicidad. Se formó como actor en la escuela de Agustín Alezzo y estudió dirección de actores y entrenamiento actoral en los talleres de Augusto Fernández y Javier Daulte. En 2001, egresó como realizador cinematográfico en la Escuela Profesional de Cinematografía de Eliseo Subiela. En 2017 co-dirigió junto a Guto Pasko 13 capítulos de la primera temporada de la serie “Contracapa”, íntegramente grabada en Curitiba, estrenada recientemente en la Televisión Pública de Brasil. Como actor, dramaturgo y director estrenó más de diez obras teatrales. En tanto, dirigió 13 capítulos de la miniserie ‘Si me volviera a enamorar’ para televisión digital. En 2013, su ensayo fotográfico ‘Cuñadas’, es editado en formato de libro por la editorial La Luminosa. Además es docente en la Universidad del Cine.

Verdoia escribió una primera versión del guion que fue seleccionado por la Fundación Carolina para el 14º curso de desarrollo de proyectos cinematográficos Iberoamericanos 2016 y es un proyecto ganador del concurso coproducción Argentina-Brasil 2017. Todos pergaminos que en este caso se ajustan a la realidad de una de esas películas que uno agradece haber visto. La semana pasada se estrenó para todo el país en CINE.AR TV y se anunciarán luego la fechas de estreno en la plataforma cine.ar play

¿Cómo lograste contar de forma magistral una historia tan difícil de abordar?

Creo que parte de lo que sucede con la película, en principio, tiene que ver con que se trabajó mucho el material en su fase de desarrollo de proyecto, digamos que el guion pasó por muchas instancias. De hecho, terminé filmando la versión número nueve. Un guion se reescribe muchas veces, eso es bastante frecuente. No es que yo hice algo excepcional, pero sí es verdad que le puse mucho trabajo a ese proceso y siento que de alguna forma, a medida que profundizaba en la arquitectura de ese guion, también estaba madurando lo que esa temática significaba para mí. Sobre todo partiendo de un tema que de alguna forma me atravesaba. Esta es una historia que parte de un acontecimiento personal que yo viví en mi infancia y al que luego le pongo los artificios de la ficción, pero no deja de ser algo que a mí, en lo personal, me moviliza y resuena. Entonces creo que todo el proceso de elaboración de guion que tomó tanto tiempo y sobre el que intervinieron otras personas, como los tutores del curso de desarrollo del proyecto (…) Todo eso contribuyó a llegar al rodaje con un material muy trabajado, muy pensado, muy meditado y en lo personal yo no quería contar una historia ni con bajada de línea, me parece que eso le pertenece a otro ámbito. El cine no tiene la función de aleccionar ni de hacer una bajada moral, sino todo lo contrario. Me parece que el cine tiene que interpelar, interrogar, mostrar otros puntos de vista. Básicamente el objetivo era poder atravesar la historia, pero sin establecer un conflicto binario. Cuando digo conflicto binario me refiero a malo=bueno, villano=víctima. Poder trascender de ese binomio y extendernos hacia otras aristas que propone la temática, no es tan lineal abordar el tema, no es simplemente que el protagonista siente odio o quiere matar al otro y quiere vengarse. Pasa por muchos estados. Es muy delicado lo que le sucede a una víctima que de una circunstancia como esa que no ha podido verbalizar durante tantos años, un acontecimiento tan determinante en la vida de una persona. 

Además exponés situaciones que en general en los pueblos se esconden bajo la alfombra…

Traté de hablar de aquello que conocía. No podría hablar de cómo son las infancias en las grandes ciudades. Yo viví en el campo, viví en una ciudad rural y sí te puedo decir que en esos contextos que hay un límite como muy difuso entre la infancia, lo animal, los adultos, la sexualidad, hay como una erotización muy temprana de la sexualidad de los niños y eso se vuelve muy confuso. Aparecen los temas tabú, como los temas que son silenciados. Por eso hablo como de una arquitectura muy compleja que no es lineal, porque incluso el personaje que encarna Gabriel Goity no trata de un pedófilo. Es una persona que vivió en el mismo contexto de Pablo, el protagonista, y vaya a saber que le ha pasado en su propia infancia para replicar determinados comportamientos. Por eso esta frase tan incómoda que pronuncia su personaje en el clímax de la película: “así lo hacíamos todos”. Casi como naturalizando un comportamiento humano. Me parece que, en este sentido, la humanidad tiene un saldo pendiente para con la temática muy grande. Y si algo viene a atraer la película es seguir poniendo sobre la mesa este asunto para que no lo olvidemos básicamente, porque me parece que necesitamos como sociedad seguir trabajando.

¿Cómo lograste el trabajo con el protagonista que termina siendo excepcional?

Es parte de un trabajo en equipo muy a la par. Tuvimos un entrenamiento de un mes antes de lanzarnos y aterrizar en La cumbre para rodar, antes hicimos un trabajo de profundización del conflicto y de trabajo físico y emocional con todas las variables que manejaba el personaje. Porque si hay una dificultad que tenía Esteban (Meloni) como actor es que justamente yo le estaba ofreciendo un guion en donde su personaje no podía verbalizar lo que le pasaba. No podía expresarlo más que con la mirada, con los silencios, con la respiración. Entonces eso abrió toda una investigación que hicimos juntos y que yo fui descubriendo también. Creo que el gran mérito de la película, con toda la humildad lo digo, es que se hace cargo de una temática muy compleja, muy delicada, pero utilizando los recursos del thriller psicológico y del suspenso para construir un relato que entretenga. Y cuando hablo de entretenimiento hablo como del entretenimiento en el buen sentido, entendido como una misión muy noble.

Que justamente es lo que carece en nuestro cine, en general…

Me parece que es difícil. Lo más fácil es generar un clima y estamos como muy acostumbrados en los últimos años a tener grandes películas que son unas muy buenas demostraciones de grandes narradores de climas, pero a veces, como contrapunto, suelen aburrir. No pueden edificar una estructura dramática que haga que el espectador realmente entregue su atención de hora y media o de dos horas para con aquello que está sucediendo. Y me parece, por las impresiones que estamos recolectando en general de quienes ya han visto la película, La Chancha cumple con eso, cumple con esa doble misión. Por un lado, de instalar una temática muy necesaria, y por el otro, entretener.

¿Cómo fue el estreno en tu ciudad?

Tuve por suerte la oportunidad de mostrar este trabajo en una proyección muy íntima ahí en Las Varillas, en una suerte de alumbramiento, de bautismo de la historia, compartido con familiares y amigos de toda la vida. Tengo una relación muy estrecha y a diario con la ciudad, ahí nací y es donde están todos mis afectos primarios. Mostrar la película en ese lugar y que la primera proyección se haga en este contexto fue muy fuerte. Y realmente lo que pasó en la platea -más o menos 300 personas- fue demoledor. Todo el mundo quedó totalmente devastado y, al mismo tiempo, como entretenidos.

¿Cómo fue el rodaje?

Realizar la película fue muy complejo en términos productivos, porque era una película muy difícil y se metía con todo lo que aconsejan no meterse en las películas. Teníamos animales y niños y encima una secuencia en altura, que estaba como batallando contra las propias reglas del mecanismo de aerosilla que nosotros desconocíamos. Entonces teníamos todo en contra. Realmente que hoy la película cause esa sensación y se perciba tan entera es el mérito de un trabajo de todo un equipo que se montó la película al hombro: cordobeses, brasileros y porteños.

Tengo amigos de tu ciudad y me han contado de la muy buena escena cultural…

Siempre lo digo, y no me cansaré de repetirlo, me siento como muy afortunado de haber nacido en Las Varillas, pese a que se trata de una ciudad del interior postergada como muchas de las ciudades de nuestro país, tuve la suerte de estar en un contexto de mucho estímulo. En Las Varillas circuló, vaya a saber por qué, una suerte de ángel artístico que nos dio a muchos la posibilidad de entrenar en esta cuestión de teatro como actores amateurs y guiados también por dos maestros que en su momento fueron Roberto Papaño y Juan Manuel Amado -son dos grandes amigos- que visito también a menudo (ahora viven en Mar del Plata). De niño me sentí muy rodeado de una materia prima sensible que para mí fue determinante a la hora de tomar impulso hace 26 años ya, en otro país, en otro mundo, para poder aterrizar en Buenos Aires, que en aquel entonces era como irte del país prácticamente para un chico de un pueblo. Pensar en venir a estudiar y a trabajar a Buenos Aires realmente era un exilio muy grande. Por eso creo que también gran parte de la obra que yo hago, tanto del teatro como de la fotografía y el cine, es una suerte de retorno al pueblo. Vuelvo a barajar esas mismas cartas y me observo un poco en reversa.

¿Cómo lograste tomar la perspectiva para atravesar la situación personal?

De alguna forma esta película nació cuando yo era chico. De alguna manera, La Chancha viene a cerrar un proceso de treinta y cinco años de mi vida. Porque incluso cuando yo empecé a cuestionarme este acontecimiento que yo viví de chico en el espacio terapéutico, hago terapia desde que llegué a Buenos Aires –tuve tres terapeutas enormes que agradezco- y seguiré haciendo porque me parece que tiene que ver con mi trabajo también. Pero el tema estuvo siempre instalado en el diván y pasó por muchos estados. Por muchas cosas. Fue como un tema muy interpelado por mí. Puesto en cuestión y muy dado vuelta, abandonado y retomado. Entonces realmente la escritura del guion llegó cuando ya para mí había una evolución de esas preguntas en un nivel casi objetivo. En todo caso, lo que tuve que hacer después es tratar de alejarme de esa vieja impresión tan viril y tan personal, para poder entender que lo que yo estaba contando ya no era una biografía, sino era una película, una ficción con elementos que me trascendían. Creo que todo ese movimiento, ese recorrido, no se puede hacer de la noche a la mañana. Me parece que es un recorrido que toma muchísimos años en la vida de una persona, no me ocupé de hablar de un tema que me era totalmente ajeno y contar historias de un ovni que aterriza en el Uritorco. Digo, no sabría cómo contar esas historias. Son mundos que no me atraen y no me siento preparado para hablar de eso. Me siento preparado para hablar de lo que yo conozco, de lo que viví en mi pueblo, de los personajes que de alguna manera me atravesaron para bien y para mal. Tal vez eso es un acto de comodidad y de pereza, pero prefiero hablar del universo que yo sienta que activa mi imaginación porque lo conozco. La obra de teatro que estuve haciendo hasta la pandemia que fue “Late el corazón de un perro”, con Mónica Antonópulos, Diego Gentili y Silvina Savater fue como un enorme trabajo, también delicioso. Y también es lo mismo. Es una mujer que padece síndrome de Diógenes de un pueblo y la hija que viene a sacarla de esa situación. Otra vez Las varillas. Otra vez los personajes que conocí y me siento muy cómodo habitando esos mundos.

¿Cómo vienen tus proyectos post Pandemia?

Soy un culo inquieto, estoy como con 14 proyectos a la vez: fotográficos, teatrales, audiovisuales, de docencia. La verdad que no paro, siento que la vida es muy cortita y tengo esa pulsión a flor de piel de aprovechar cada minuto. Y hay algo que tiene que ver con mi profesión que me atraviesa por encima de todo. Soy un enfermo del trabajo y del arte, de comunicar lo que siento, lo que tengo adentro. Ahora, precisamente pasa este estreno y estoy abocado a comenzar a mover la traducción cinematográfica de la obra de teatro pasada a ficción. Estoy haciendo la adaptación de “Late el corazón de un perro” para cine, así que estamos moviendo este proyecto que espero sea la próxima película y que tarde un poco menos de tiempo en llegar (se ríe). Así no se hace tan difícil la espera.

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