Manu Ginobili, Ese momento

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Muchos vivimos la escena de la misma manera. El primer partido de la selección argentina de básquet en los juegos olímpicos de Atenas 2004. El reloj marca 3.8 segundos de tiempo para el final. Argentina le sacó todo el jugo a un doble y falta para empatar pero los rivales de Serbia Y Montenegro terminaban con un tanto de ventaja de tiro libre. Argentina sale del fondo, el cronómetro empieza a comerse centésimas, Montecchia traslada el balón dos tercios de la cancha con alguna molestia, mientras algunos serbios ya festejan en el banco. Pivotea e instantáneamente le pasa el balón a Ginóbili que viene rasante por la derecha, con la marca encima pero distraída. Serán dos pasos, un vuelo y un tiro al tablero con las luces rojas, encendidas para la victoria.

La emoción indescriptible de un momento cinematográfico que difícilmente pudiera tener mejores ingredientes. Por el drama de hacerlo cuando el tiempo quemaba, como quien tiene que elegir que cable cortar antes de que la bomba estalle. Por el rival, porque Serbia y Montenegro, un país en plena desintegración, era el heredero directo de la selección de Yugoslavia que nos había arrebatado la final del mundo en 2002 (es que casi-casi nos hace olvidar la depresión por Corea-Japón). Y también porque el protagonista directo, Emanuel Ginóbili. El astro del básquet ya tenía su barrilete cósmico, la jugada para ver y repetir hasta la muerte, y luego, Grecia 04 terminaría siendo su México 86.

Solo Manu podía hacer una jugada así, diría luego Gregg Popovich, porque hay que recordar que en esa selección dorada del 2004 Manu ya había campeado en la NBA. Era el entre la generación de Pepe Sánchez y el colorado Wolkowyski (que estaban de vuelta de esa aventura) y los que vendrían después de la gesta: Nocioni, Delfino y Scola. Y quizá por eso mismo hable volúmenes el hecho de que al colgar la camiseta este año, Ginobili es el único que todavía está allá, más grande y más querido que nunca en Texas.

Ese es el recuerdo más vívido que este gigante que caminó entre nosotros nos deja. El que alguna vez creyó que retirarse a los 38 en la NBA era una locura, el que alguna vez se fue a jugar a Andinos de la pequeña Rioja, olvidado y criticado. El que cree en la familia y los amigos antes que en trofeos y medallas. El que nunca dejó de criticarse. Ese hombre ya no juega más al básquet. Deja un vacío enorme que ojala no tarde en llenarse pero que jamás podrá compararse. ¡A su salud maestro! Disfrute del retiro.

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