El Vasco de la carretilla, un pionero de las cataratas del Iguazú y del viaje en solitario

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Creo que los argentinos no somos conscientes de este patrimonio de la humanidad ni mucho menos de la historia que esconde el Parque Iguazú. Deambulando por la selva misionera, conocí la aventura del vasco de la carretilla.


Los invito a curiosear y a conocer la leyenda de Guillermo Isidoro Larregui, un pionero de las Cataratas y del viaje en solitario. Todo empezó con una apuesta entre amigos, una alardeada y una promesa.  En la década del 30, Guillermo Isidoro Larregui, el vasco, hizo una apuesta: dijo que era capaz de caminar desde Santa cruz hasta Buenos Aires con una carretilla cargada con más de 100 kilos. Nadie le creía.
“La apuesta nació junto al fogón de una estancia en Mata Amarilla, entre mate y mate y tiempo malo, que es cuando salen a relucir los macaneos más grandes, sobre hechos que cada uno pensó hacer y, sin intentarlo siquiera, ya los da como cosa hecha y los pone en su lista de hazañas: peleas, amores, domas, esquila, peleas con un puma”. Cuenta Abeijón que varios peones tomaban mate y contaban mentiras, cuando Larregui, por no ser menos, dijo que era capaz de caminar hasta Puerto Deseado con cien kilos encima de una carretilla. “Todos se rieron y lo tomaron para la farra, diciéndole que, por lo mentiroso, él era más andaluz que vasco, y que les extrañaba mucho, porque nunca habían visto un andaluz trabajador ni un vasco mentiroso”.

Pero los peones recelaban de Larregui: ¿con qué plata iba a pagar cuando perdiera la apuesta? El patrón salió de garantía, aunque le dijo al pamplonés que iba a perder y luego tendría que trabajar gratis un año entero para pagar la apuesta. El propio Larregui desmentía en otras entrevistas que se hubieran jugado fortunas: “Muchos hablan de una apuesta de miles de pesos. No es cierto. Lo más importante es que he empeñado mi palabra. Varios amigos hablaban de las grandes travesías realizadas por automovilistas, de los raids de aviación y otras proezas. Yo oía y callaba. Pensaba que no es difícil llevar a cabo una proeza con los maravillosos aparatos modernos que se manejan sin esfuerzo y que necesitan del hombre seguridad y valor. Pero pocas veces exigen del individuo fuerza física, paciencia y resistencia. Entonces dije: ‘A cualquiera de esos señores aviadores y automovilistas los desafío yo a hacer una travesía caminando y conduciendo además una carretilla de cien kilos’”.

“El vasco se tomó muy a pecho lo que iba a emprender. Tan a pecho que nunca más volvió. Tal vez necesitaba andar, tal vez vagar libremente, tal vez irse, tal vez no había ataduras a un lugar.”

El 25 de marzo de 1935, el vasco decidió emprender su aventura. Siempre de boina, delgado, con cigarro en la mano y calzado con alpargatas de soga. Nadie imaginaba que siendo tan “debilucho” podía emprender semejante hazaña. Lo cierto es que hizo preparar su carretilla y la cargó con sus cosas. Amigos y personas del barrio, todos lo despidieron.
El vasco se tomó muy a pecho lo que iba a emprender. Tan a pecho que nunca más volvió. Tal vez necesitaba andar, tal vez vagar libremente, tal vez irse, tal vez no había ataduras a un lugar. Quizás, Guillermo Isidoro Larregui, encontró en el camino el alimento para el corazón. Entonces partió e hizo de su vida una alma libre. Cómo imaginar las soledades que tuvo que afrontar, las aventuras, las necesidades… cuesta creerlo pero las pasó. El desafío era peligroso, debía cruzar ríos en tiempo sin puentes. Debía preparar la comida, hacer el fuego y sobrevivir con sólo una carpa de lona. Llevaba también una cama plegable. Todo lo que pudo cargar , lo cargó.  Cuando salió de Santa Cruz la gente decía ahí va Larregui con su carretilla, está loco….
Tenía 50 años, pero parecía impulsado por un claro objetivo, me animo a decir que casi por una obsesión.  Hizo 4 recorridos por el país, primero desde la provincia de Santa Cruz hasta Buenos Aires, el segundo desde Coronel Pringles hasta la Quiaca , el tercero desde Villa María Córdoba, cruzando la cordillera hasta Santiago de Chile y el último desde Trenquelaunquen hasta Puerto Iguazú donde levantó una casa multicolor en medio de la selva. Me pregunto ¿Es posible imaginarlo viviendo a pasos del salto Dos Hermanas de las cataratas? Lo llamaron el quijote de una sola rueda. Fue protagonista de una época donde los hombres soñaban heroicamente.  Semejante quijotada fue titulada en los principales medios de comunicación.
Llamaba la atención, él y su casita en Iguazú donde llamaba a los pájaros y se conectaba con la naturaleza. Siguió siendo reservado, ermitaño, no se le conocía familia, no tenía pareja.
Tenía plantas, había regado su propio jardín.  Entró en Buenos Aires el 24 de mayo en 1936, después de andar 14 meses, después de recorrer 3423 kilómetros, después de dar 6 millones de pasos y de ¡gastar 31 pares de alpargatas! Miles de porteños salieron a recibirlo y a llenarle la carretilla de flores.
Los diarios le dedicaron los títulos de sus tapas. En el cementerio de Puerto Iguazú hoy se encuentra su tumba. El vasco, hizo un culto del viaje en solitario. Y aunque supo de gloria, siempre se llevó mejor con su sombra o sólo con su perra en la casita de las Cataratas.  Lo maravilloso de todo esto es cuánto nos enseño y nos demostró. Porque el ser humano es capaz de todo con su tozudez.

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