Laura Romano: La consejera integral

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La nutricionista y creadora de la marca INTEGRA y reconocida influencer -con su cuenta @integralnutrición- repasa desde sus inicios en su pueblo natal hasta los aspectos más destacados que moldearon su carrera. Además, se refiere a la influencia de los estereotipos y a la importancia de mostrar realidad y naturalidad en las redes.

Las redes sociales, los algoritmos y las modas moldean influencers de todo tipo, los hay de los innecesarios, repletos de chivos y de construcción artificial de la alegría hasta los que, desde otro lugar, concientizan, ayudan y proponen alternativas saludables. Eso ocurre con la nutricionista bonaerense Laura Romano, autora del libro “La dieta tiene un final” y referente indiscutida a la hora de cualquier consulta mediática. Curiosa desde sus primeros pasos, investigó y puso patas para arribas discursos y métodos instaurados, le buscó la vuelta para encontrar alternativas ricas y saludables, eliminando la prohibición como método. Como toda emprendedora es energía pura, conversa con Random con simpatía y hace simples todos los conceptos y los productos que tanto desde la mente hasta el cuerpo debe asimilar.

Cuando se recibió lo primero que se preguntó fue: ¿Qué estudié?” Es que uno “está, toda la carrera, esperando a los últimos años donde en dietoterapia te indican cómo hacer las dietas”. Pero ella sostuvo que eso era imposible de aplicar. “En los exámenes de la materia te hacen hacer una tabla o cuadro con calorías, gramos de carbohidratos, proteínas, grasas y no te podés pasar más o menos de 5 gramos”, dice. Incluso en un práctico agarró a la profesora y le preguntó: ¿Cómo hacer con un paciente si quiere comer un alfajor? Lo único que le respondieron fue que era un ideal y nada más.

Ya recibida, con más dudas que certezas, se le hacía difícil entender cómo aplicar lo aprendido en un escenario real. A partir de todas esas preguntas, descubrió la corriente “no dieta” que empezó Jorge Braguinsky y después siguió Mónica Katz, se formó con ese equipo en la Fundación Favaloro. Se recibió a los 23 años y estuvo tres años más especializándose. Con sus primeros pacientes en su Carmen de Areco natal, se convenció de que podía ayudar a cambiar los hábitos de una persona.

¿Cómo eras en la época adolescente?

Era muy curiosa y siempre quería saber más. Si alguna de mis amigas venía con una dieta, yo siempre quería descubrir una superior. Una especie de competencia a ver quién traía la dieta más reciente. Por otro lado, siendo adolescente siempre está la inconformidad de cómo te ves físicamente. Adolescente y no tanto. En la etapa de adultez pasa muchísimo también, pero lo bueno es que de a poco está cambiando eso. Pero en la cabeza de una adolescente, siempre está la idea de “tengo que adelgazar”, no sé por qué, una especie de dogma propio de ese momento de la vida. Era una regla tener que hacer dietas. Y esto último, en particular, me quemaba la cabeza.

¿Cuáles fueron los puntos bisagra que definieron tu profesión y tu manera de vida?

En 4º año, producto de lo que te decía antes, me fui metiendo más en el mundo de las dietas. De terca y porfiada, estaba obsesionada con el tema. Sin darme cuenta terminé embebida en un trastorno alimenticio que no fue nada lindo de experimentar. Tenía una obsesión por la comida y por el cuerpo. Yo siempre explico que las dietas nacen con la intención de ser flaca, pero te terminan poniendo en un lugar que no es agradable y tu cabeza está 90% ocupada en algo que no es sano. Esto fue un punto que me marcó. Transitando los últimos meses de 5º año y pensando en los estudios universitarios, me convencía, cada vez más, que en algún momento estudiaría nutrición. Buscaba encontrarle respuesta al mundo de las dietas, el exceso de peso, etc. Lo más gracioso es que al comienzo estaba segura de que estudiar esto iba a impedir que fuera gorda. Mirá lo mal que estaba en ese entonces (risas).

Otro punto que rescato, en época de humanidades porque iba camino a estudiar derecho, fue haber conocido a un profesor de biología – no sé por qué teníamos esta materia en humanidades– y me encantó. Explicaba muy bien y me fue seduciendo. En ese momento me fascinó empezar a entender cómo funcionaba el cuerpo y la digestión. Me acuerdo cuando vimos el sistema digestivo dije “esto es fantástico”. Gracias a lo lindo de esa clase y ese docente, sumado a lo malo que era el trastorno que estaba padeciendo, me quedó claro que tenía que estudiar nutrición.

¿Cuándo te diste cuenta que tenías que sumar investigación a tu trabajo y encontrar recetas en las “no recetas”?

En un momento pensé estudiar psicología porque con mis pacientes tengo charlas súper profundas. Me siento una “psicotrucha” (risas). Estuve hablando con una paciente, durante 40 minutos, sobre lo que pasa por su cabeza, las restricciones que se autoimpone, la culpa y las emociones. Este tipo de encuentros me demostró que, intuitivamente, ya estaba saliéndome de mi rol de nutricionista. Después de haber hecho el postgrado en nutrición clínica en Favaloro, me enteré que había otro especializado en psicología de la obesidad y trastornos alimentarios con un grupo de profesionales en psicología. Ahí pude absorber las bases científicas de algo que me sale naturalmente. Pienso que, sin ser psicóloga, la nutricionista tiene que ocuparse del lado de las emociones. Siempre aliento a mi staff a que encaren las consultas desde otro lado, que no le tengan miedo a hacerlo. Y pese a que la gente se siente cómoda contándote lo que le pasa, a veces se detienen y dicen “¡Ay! Nada que ver lo que te estoy diciendo” y, al contrario, siempre les digo no pares y contame ¿te peleaste con tu marido? ¿qué pasó? ¿y cómo fue? Y de ese ejercicio surgen un montón de cosas.

¿Al principio te costó instalar tu visión sobre la nutrición?

A mis primeros pacientes les decía que podían comerse un pedacito de chocolate si querían y en el fondo pensaba “no van a bajar de peso así”. Con un miedo les decía que podían comer eso. Me pasó con la experiencia, con los 10 años de consultorio que tengo encima, que el haber visto gente comer de todo y poder bajar de peso me dio mucha confianza. Pero hoy en día, más allá de todos los seguidores, títulos y todo lo que vos quieras, al atender a una persona de 60 años o más, que en su juventud sólo conoció dietas ochentosas o noventosas y que se murió de hambre toda su vida, me pasa que descreen que con el método 80/20 pueden bajar de peso. Pero, pese a eso, yo les digo “confíen” y esa seguridad me la dio la efectividad del método que aplico. Aún así, muchos reclaman el papelito con las indicaciones de qué comer y cuándo, pero siempre les digo que, si lo hicieron toda la vida y nos les funcionó, que es momento de probar otras alternativas. Siempre digo, la mayor diferencia con el tratamiento tradicional es que el que maneja es el profesional y el paciente va de copiloto, en cambio en mi método el paciente maneja y tiene una importancia mucho más grande y nosotras vamos de copiloto.

¿Qué te provoca cuándo ves cambios que modifican la vida de las personas que atendés?

Eso es lo más lindo de mi trabajo. A mi me pasa que las consultas me llevan mucho tiempo y consumen mucha energía, quedo destruida, pero es porque me comprometo mucho y doy todo. Pero te juro que no hay nada más gratificante que cuando estás en una consulta y el paciente te muestra un análisis y ves todos los cambios, o te dicen que ahora dejaron los miedos de la alimentación de lado y son felices con su forma de comer. Eso me da paz mental y es súper gratificante. Te juro que son los momentos que te hacen el día.

¿Cómo se te ocurrió este fantástico proyecto que es ÍNTEGRA?

ÍNTEGRA se dio de manera tan natural y espontánea. Si miro para atrás y me dijeran que iba a ser así, no lo creía. Me acuerdo que por mi curiosidad, luego de mi luna de miel, porque había probado unas barras de cereal que había comprado en el free shop y vi que tenían una fibra especial, pensé no hay en el país barras que sean 100% saludables y que pueda recomendar a mis pacientes. Muchos tienen que hacer la merienda en la calle y sentía que no había un producto para poder decirles: “comete esto que con eso lo solucionás”. A partir de eso empecé a buscar recetas y pensé en hacer una receta de barras para compartir. Me encargué de armar la tabla nutricional y las hice en casa, me encanta cocinar y no me significaba ningún esfuerzo. Todos recuerdan el primer intento fallido de hacerlas, en el cual estaba subiendo las historias a Instagram en el momento y me colgué respondiendo mensajes porque estaban todos desesperados consultando y se me quemaron. Fue tragicómico porque me acuerdo que las saqué negras. Estaba a punto de llorar y mi marido me dice: “subilo igual, no vas a borrar todas las historias que ya están publicadas, la gente te va a entender”. Bueno, así fue como nació la marca.

Después de esa experiencia, mucha gente me mandaba sus propuestas y había otros vagonetas que decían pero hacelas y vendelas. Hasta ese momento, jamás había pensado en esa posibilidad. Si bien fantasear con la idea de crear un producto sonaba interesante, lo pensás un poco y te parece un “chino”. Finalmente, se fue dando. La gente pedía que lo haga y, a partir de ahí, fui a consultar a un amigo que tenía una fábrica e hicimos pruebas. Al mismo tiempo, me junté con dos amigos más del palo comercial y les pregunté si tenían idea de cómo encarar esto para poder venderlo y se fue dando, hasta hacerse realidad.

A partir de esto demostraste que trabajar en comunidad se puede ¿cómo es eso?

A través de la comunidad arranqué diciendo no sé cómo hacer, cómo se inicia con esto. Me empezaron a pasar contactos de fábricas, de proveedores, que este vende el maní, que esté vende la avena y así la gente fue participando en todo y eso fue muy lindo. Eligieron el nombre, votaron por ÍNTEGRA, que a mi no me gustaba. Yo decía: “no, ÍNTEGRA es muy parecido a integral y no quería que sonase todo igual”, pero la gente votó ese nombre. De hecho, una amiga se acuerda que yo taché esa opción al momento de elegir. Había como cinco nombres y dije este no lo pongo en la votación y ella me dijo que pongamos todos y quedó así. Fue muy gracioso, pero ahora no me imagino otro nombre. Compartir con la gente el día a día y cada proceso, hace que se sientan parte y que también puedan hacer correcciones. Me pasó el año pasado que mandé a hacer una encuesta donde quería que me dijeran la verdad sobre las barras y destacaron lo artesanal del producto, y eso me pone muy contenta. Además, que una marca los escuche y valore su palabra, está buenísimo. A mi me hubiera encantado haber participado en decisiones de marcas que me gustaban.

¿Cómo fue el proceso de escribir un libro?

Me resultó fácil escribirlo. Te digo que ahora siendo madre no lo habría hecho nunca. Aparte las redes son un tema, vos empezás queriéndote hacer conocida, tratar de llegar a más pacientes y cuando te quisiste dar cuenta la red social te llevó más tiempo del que creías. Mantener una cuenta así, con tantos seguidores y contenido, lleva un montón de tiempo. Pero hubo una época en la que estaba más tranquila y entre consulta y consulta, escribía. Escribí muchas historias de pacientes, donde ellos mismos también colaboraron. A muchos de ellos les decía, escribime todo esto que sentiste porque lo voy a poner en un libro algún día. Escribir me resultó fácil, pero venía la parte de la edición. Tuve un comienzo fallido con una editorial, yo era muy novata en esto, pero veía que no avanzaba y yo tenía todo escrito. Después de un año y medio, de idas y vueltas, me confesaron que estaban fundidos, que la editorial iba a cerrar y que habían despedido mucha gente. Inmediatamente, agarré mi librito y rescindí el contrato. No alcancé a mandar un mail a las principales editoriales del país, que al poco tiempo me llaman de Planeta y en cuatro meses tuve todo resuelto. Lo único que me rompió el corazón fue no haber podido presentarlo en la Feria del Libro, que era mi sueño y me hubiera encantado hacer el lanzamiento ahí. Lamentablemente, se estrenó en plena pandemia, así que será para el segundo libro.

¿Cómo lográs el equilibrio en la transmisión de tu mensaje?

Es muy difícil, siempre vamos virando de un lado al otro. Siempre la edad determina la aspiración que tiene en la cabeza quien consulta. Por ejemplo, si hoy atiendo a una chica joven es probable que su referencia o estereotipo sea una influencer, en cambio si agarro una mujer entre 30 y 50 es probable que caiga en la modelo de los 90. Al mismo tiempo, la de 30/40 que está en modo fitness ya vas tomando noción para donde apunta por las preguntas que hace. Es la que te menciona que entrena 5 veces por semana y decís ¡pará!, porque ahí se desprende una obsesión por el exceso de entrenamiento. Por suerte, y es un desafío personal para contribuir con la causa, creo que más mujeres se están mostrando de manera real y es un muy lindo mensaje para las chicas que vienen. A veces ven una foto en las redes que puede estar mega tuneada o una pose divina, pero no es más que eso. Me pasó que estuve de vacaciones hace poco y subí un posteo que me costó un montón porque nunca había subido una foto en bikini. Estaba con una amiga a la que le pedí que me sacara una foto así y asa. La primera buscando una luz donde no se me note la celulitis, que parezca la panza chata y yo no estaba haciendo nada, apenas trabando un poquito el abdomen. El resultado fue una foto que cualquiera habría subido a las redes. Después, me puse como me siento normalmente, donde se veía el rollo y la celulitis. Así se demuestra cómo, en una misma persona, existen esas dos cosas, pero lo que se muestra en las redes sólo es una. Por eso, empezar a invadir las redes con este mensaje de naturalidad es fundamental. Me parece que de eso necesitamos un montón las mujeres, sino tenemos la vara muy alta y cómo no se va a volver loca alguien con querer alcanzar el peso ideal. De esa manera viven infelices toda su vida queriendo lograr algo que no existe.

¿Cuáles son tu metas y sueños?

Una es poder contribuir a que el modelo estético cambie un poco y poder ayudar a gente a que se alimente de manera saludable. Creo que con ÍNTEGRA logré tener los medios para poder hacerlo, al menos poder brindarles opciones para el desayuno o la merienda, siento que es algo que no tiene techo. Quiero lanzar más productos y estoy pensando en los chicos. Ahora que soy madre es algo muy importante su alimentación. Los chicos viven comiendo galletitas o golosinas y es imperativo buscar algo que sea bueno para ellos. También, seguir explorando el mundo sin TACC, las personas que comen sin gluten tienen muy pocas opciones saludables y poder ampliar el abanico de productos y que hayan más posibilidades es un sueño. De a poco se va cumpliendo y con mucho trabajo espero poder lograrlo.

¿Si pudieras tatuarte una frase cuál sería?

“Las dietas tienen un final, los buenos hábitos duran para siempre”. Aunque siempre jodo con que me haría un tatuaje que diga: “amo la papa en cualquier versión”.

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