#Arte | Jeff Koons, No Es Solo Un Perro Salchicha

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“A todo el mundo le gusta el arte de Jeff Koons salvo a aquellos a los que les educaron para que no les gustara”, esta aguda reflexión del teórico pop Arthur Danto define casi a la perfección el controversial mundo que rodea la obra del artista estadounidense Jeff Koons.

Como toda figura polémica, detrás de cada suceso de su historia se teje una trama mitológica que vuelve toda su carrera una fábula casi perfecta.

Así, echando mano del tamís del mito, entre los hitos más importantes de su carrera se cuenta un comienzo accidentado cuando en 1980 expuso “The New” – una serie que constaba de una gama de aspiradoras industriales en vitrinas impecables e iluminadas con fluorescentes – que acabó convirtiendo en un fracaso rotundo lo que en apariencia era (con una mirada benevolente, casi ingenua) un guiño al minimalismo o al dadaismo.

Este primer tropezón lo hizo recalar en Wall Street, donde trabajó como corredor de bolsa, oficio que se coló luego en su carrera artística, marcada por una clara beta mercantilista.
Pocos años después se instaló en Nueva York con un estudio que ya a principio de los 80 contaba con más de treinta empleados, desde donde comenzó a transitar una lógica de creación similar a la de Andy Warhol y su mítica factoría, a pesar de que jura no haberla visitado, pero sí haber leído algo sobre ella. Él sostiene que es imposible que la subjetividad de ninguno de sus empleados se cuele en sus obras y que su obsesión por conseguir todo lo que ideó tal cual la obra lo necesita no deja nada librado al azar. Y es a través de forma de producción – que es más frecuente de lo que se conoce en el mundo del arte y que sostienen, por ejemplo, dos de sus grandes contemporáneos como Damien Hirst o Takashi Murakami – que anualmente produce una media de entre 6 o 7 pinturas, y de entre 15 y 20 esculturas, un número bastante menor a lo esperado, considerando que en la actualidad el número de empleados asciende a más de 160 en 3 talleres, ya que se ve ralentizado por lo que dice ser su obsesión por la búsqueda de materiales idóneos, pulidas impecables y colores exactos.
Su fama comenzó a crecer a la vez que su producción se diversifica. Había realizado esculturas de bronce y acero inoxidable, cuando a fines de los 80 corona sus deseo de experimentación con la serie “Banality” en la que utiliza porcelana, cristal, madera policromada y otros materiales, en motivos super kitch, entre los que se cuentan la escultura de Michael Jackson con su mono mascota o la pantera rosa abrazada a una rubia por demás voluptuosa.

1- “The New” / 2- “Michael Jackson and Bubbles” / 3-“Pink Panther” / 4- “Made in heaven” / 5- “Puppy” 6- “Baloon dog”
1- “The New” / 2- “Michael Jackson and Bubbles” / 3-“Pink Panther” / 4- “Made in heaven” / 5- “Puppy”
6- “Baloon dog”

Y justo cuando estas esculturas lo catapultan a la fama lanza “Made in heaven”, una serie que incluye fotografías, esculturas de cristal y plástico, litografías y óleos, cuya protagonista es nada menos que su flamante esposa, la actriz porno italiana Cicciolina, con quien tuvo un afamado matrimonio que acabó con un divorcio explosivo y con ella sacando del país a Ludwig, su hijo en común, a pesar de que el feroz litigio legal le había dado la tenencia al artista.
De esta forma, no sólo el matrimonio acabó siendo un fracaso, sino también la serie “Made in heaven”, que cabe mencionar también tenía al propio Jeff Koons como protagonista de las secuencias cargadas de erotismo y sexualidad.
Así, esta apuesta hedonista y ególatra con pésimas críticas, sumada al millonario divorcio, acabaron por dejarlo casi en bancarrota.  Sin embargo, el mundo del arte acabaría por redimirlo gracias a sus dos trabajos posteriores: “Puppy” – una gigantesca escultura de un West Highland Terrier cubierta por plantas en flor – y “Celebration” – sus ya clásicas esculturas de acero que emulan figuras realizadas con globos. En primer caso, la yuxtaposición de referencias entre el pop art y los elitistas clásicos jardines europeos lo llevaron a formar parte de la colección – y la arquitectura – permanente del Guggenheim de Bilbao, y en el segundo caso, sus gigantesca escultura “Baloon dog” (naranja) lo llevó a entrar en el record mundial por ser la obra de arte más cara vendida de un artista vivo, por la suma de 58 millones y medio de dólares.
Recientemente su retrospectiva en el Pompidou le trajo un nuevo record: con más de 650 mil entradas vendidas, es la exposición más exitosa de un artista vivo en las casi cuatro décadas de vida de la institución. Dicen por ahí que ante el segundo puesto, ya que el primero lo ostenta Dalí siendo la muestra más concurrida de todos los tiempo, acabó por echarle la culpa al turismo y sus épocas de baja.

Recientemente su retrospectiva en el Pompidou le trajo un nuevo record: con más de 650 mil entradas vendidas, es la exposición más exitosa de un artista vivo en las casi cuatro décadas de vida de la institución.

La popularidad es un camino plagado de detractores y críticos, que parecen estar ahí para recordarnos que no todo es lo que parece y que hay cosas que merecen un meta análisis para comprenderlas y valorarlas verdaderamente, y si bien Jeff Koons dice buscar a través de su trabajo “la filosofía, las sensaciones y la trascendencia”, lo que primero salta a la vista es que su obra es simplemente atractiva porque está dotada de una gran belleza, perfección y por supuesto, accesibilidad. Benditos sean los mal educados que aún no aprendieron a odiarla.

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