El Negro Hernández: Jazz con arroz y frijoles

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Horacio “el negro” Hernández es uno de los más grandes bateristas y percusionistas de Latin Jazz del mundo. En su prolífica carrera musical tocó con todos los grandes de escena musical del jazz de los 80s en adelante y es hoy, con pocas dudas, una verdadera leyenda. Desde su casa en La Habana, Cuba, dialogó en exclusiva con Revista Random para conversar de su trayectoria, sus recuerdos y, por qué no, el vino, una pasión suya.

Bueno Negro, antes que nada muchas gracias por darnos esta entrevista. Contanos un poco de tus origines y como empezás en la música

¡Gracias a ustedes! Yo nací en La Habana, Cuba, en el barrio de Santos Suárez; en una familia muy musical: mi abuelo era trompetista de música tradicional cubana, mientras que mi papá se dedicó a la musicología y llevó el único programa de jazz que hubo en la radio cubana por más de 35 años. Entonces mi casa siempre estuvo llena de instrumentos musicales y los regalos de cumpleaños de mí abuelo eran siempre un instrumento musical. Acá conservo las primeras claves que él me regaló con solo 2 años yo. Por muy sencillo que parezca, este es el instrumento madre de la música afrocubana.

Después me fue regalando bongós y tambores, hasta que llega la batería a los 8 años; y a los 12 decido tomar mi formación musical en serio. Desde ahí hasta aquí, es algo que se adueñó de mí con pasión y no he cesado de estudiar, ni creo que vaya a hacerlo jamás.

¿Tu familia es toda musical?

Era mi abuelo y mi padre. Tengo un sobrino también baterista, pero ahora quedé yo… soy como el malo de la película (risas).

¡El bad boy!

Si (risas).

Algo que impacto mucho acá en Argentina, en la jerga de los bateros, fue la “percu latina”. Cuando empezás a tocar el cencerro con el pie, por ejemplo, fue un antes y un después…

Bueno, eso ya existía. Los pioneros de toda esa manera de tocar los instrumentos de percusión fueron Cándido Camero y Walfredo Reyes (padre); después vinieron Alex Acuña y muchos más que yo un poco estudié, profundizando la coordinación. No solo tocando ritmos sino practicando coordinación para tener la habilidad para hacer un solo mientras estás tocando la clave. De hecho, eso es lo que sucede cuando no se estudia a fondo y de manera avanzada: sí puedes tocar un ritmo pero en el momento en que tratas de salir de ahí, se te cae todo.

¿Y ellos ya habían incorporado a la batería a esas técnicas?

Walfredo y Alex tocaron con clave en la batería, pero ya te digo, ellos tocaban ritmos específicos, no hacían solos.

Y vos en tu programación mental como baterista, ¿Cómo es tu método para poder tener esa libertad al tocar?

Todo eso son años de estudio. Eso está plasmado en un libro que se llama “Conversaciones en Clave”, que Warner Bros publicó hace aproximadamente 20 años. Ese libro tiene una metodología bastante progresiva en la que es muy importante sentir que nada es sencillo: no debes saltarte los ejercicios hasta que los tengas dominados, te salgan con el balance que tú quieres y suenen como tú quieres y con la capacidad de escuchar todas las voces que están sucediendo a la misma vez.

¿Y en jazz como comenzaste? Porque yo te conocí con Michel Camilo en el trio Calle 54…

Mi carrera profesional empezó de muy chico, con 14 años. Para los 16 ya tocaba en todos los locales de La Habana donde había mucha música y muchos músicos muy buenos. A los 18 ya estaba grabando en los estudios más grandes de Cuba donde hice más de 300 discos. O sea, yo me transferí a los EEUU a los 30 años recién y allí me encontré con toda la maquinaria publicitaria del mundo de la música…

La Industria…

¡Exacto! Es como si tú quieres probar buen vino entonces tienes que ir a La Rioja en España, o a Francia o a Italia. Y si a ti te gusta el vino y quieres desarrollarte en eso, yo te aconsejo que te mudes a esos lugares. Ahora tenemos toda esta tecnología y la facilidad que nos da para comunicarnos, pero en aquella época no existía nada de esto y la industria total de la música estaba en Nueva York, especialmente la del Jazz. Así que eso hice, me fui a Nueva York a tocar con los músicos que yo quería: con Michel (Camilos), con Michael Brecker, con (John) Patitucci.

¿Y cómo fue esa decisión de irse?

Te sucede como imagino que le sucede a todo el mundo: cuando ya alcanzas el nivel más alto en el lugar donde estas. Cuando ya tocaste en todos lados, con todo el mundo y ya grabaste todos los discos posibles; entonces es momento de pasar a la “gran escena”, como se dice.

¿Y en la batería cual fue tu “caballo de acecho”? Esa forma de tocar que te diferenciaba en la escena de Nueva York.

No es muy distinto, lo único que lo cambia son la manera de tocar y los aditamentos de percusión que de hecho son bastante pequeños: campanas, jam blocks, cencerros. Aquí en Cuba vivimos en un mundo verdaderamente exclusivo, acá la rumba está sonando las 24 horas, se te mete por todos lados.

Lo llevás en la sangre…

Claro. Lo que pasa es que la rumba es un ensamble de mucha gente: al menos cinco percusionistas y tú no sabes quien toca qué cosa, porque hay muchos sonidos que se parecen de un tambor a otro y el resultado final de todo eso sale pulido.

¿Cómo fue tu primer año en EEUU? ¿Cómo te recibieron?

Para mí fue milagroso, porque yo llegué a Nueva York y mi novia había alquilado un apartamento que era de Jeff Ballard, un gran baterista de jazz. Entonces entré en un apartamento que tenía una batería y miles de discos de jazz. Ese mismo día llamé a Paquito D´Rivera y me invitó a grabar un disco con él al día siguiente. Fue entrar realmente por una puerta inmensa donde pude conocer a todos los músicos de Nueva York, como al gran Jerry González, que me llevó a todas partes y me presentó a todo el mundo. Fueron un par de años maravillosos pero que tuvieron sus dificultades, especialmente porque yo no podía viajar, no tenía pasaporte y muchos artistas que me hablaban eran internacionales. Así perdí muchos trabajos de los buenos, pero al mismo tiempo me adentré en la ciudad y toqué en todos lados, no solo jazz sino también latino, blues.
Fue también una etapa de mucho aprendizaje donde conocí la vida y el funcionamiento de los clubes, el ambiente musical de una ciudad que hasta el día de hoy es la que más clubes tienen en el mundo.

¿Cómo es esa vida?

Muy bonita porque sabes que estas tocando en un lugar y al lado está tocando Jack DeJohnette y a tres cuadras de allí está tocando otro de tus ídolos. Una vida de música constante era eso.

¿Hay una hermandad entre los músicos que no son americanos?

Sí, pero con los americanos también, porque los músicos que no son americanos quieren aprender la música americana y los americanos quieren aprender la que tú traes, que viene de otro lugar. En ese intercambio se crean amistades preciosas, para toda la vida.

¿Encontraste ahí un maestro que te haya hecho un “click”?

Uy, hay tantos, tantos. Yo ya era bastante crecido en ese momento, y seguramente es importante ir a la escuela y recibir direcciones, pero poder salir y ver a todos estos grandes músicos tocando en vivo delante de ti, se aprende tanto como en la escuela.

Tocaste con Patitucci…

Con John toqué muchas veces y en mucha situaciones diferentes. Él, además de ser un bajista y músico increíble, es una persona súper encantadora, un hermano. Son relaciones para toda la vida.

Con Camilo tenías ese trio, Calle 54, que viralizó, por lo menos acá en Argentina. ¿Cuánto tiempo duró?

Ese trio duró más o menos diez años, diez años viajando por el mundo prácticamente. Estábamos muy cómodos, como en casa y era un trio muy popular.

Era Jazz pero con arreglos muy particulares de cada uno…

Claro, Jazz con arroz y frijoles (risas).

¿Cómo te fue con la pandemia de Covid-19?

La pandemia fue algo loquísimo, nadie esperaba una cosa tan rara y tan violenta, pero gracias a Dios la tecnología ha permitido que trabaje más que nunca. Incluso he podido salir un par de veces de Cuba: una a España para grabar el último disco de Alejandro Sanz y luego pude hacer otra gira por Italia. Ahora ya solo me queda el último mes acá en casa y ya vuelve a rodar la pelota.

¿Cómo se grabó este disco de Sanz?

Me llevaron a España en medio de toda la locura de la pandemia y me adjudicaron un permiso especial por ser un “caso cultural” (risa) para poder salir de Cuba y entrar en España. Con Alejandro esta es la segunda vez que yo tengo la oportunidad de trabajar en un disco suyo y siempre ha sido una fiesta. Un estudio de primera, un súper ingeniero de sonido, músicos excelentes.

¿Cómo abordas esos trabajos? ¿Tenés libertad?

Por supuesto hay un productor y un director, pero el instrumento nuestro es específicamente difícil de escribir, yo nunca he visto una partitura de batería. El único músico que escribe una partitura de batería como debe ser es Gonzalo Rubalcaba, todos los demás te hacen una guía y sobre ella tú trabajas y aportas. Me imagino que más que todo, los productores están buscando la experiencia, el sonido, la constancia y tu manera de interpretar.

¿Tenes un disco que hayas grabado que destaques?

¡Uh! a mí generalmente mis trabajos no me gustan mucho (risas), nunca estoy conforme, ¿sabes? Pero vivo muy contento con los discos de mi agrupación Italuba (desde 2004); si te pudiera recomendar alguno te recomendaría esos porque son los que me hacen más feliz. Llevan unos tiempos hechos y son los que más me conforman.

¿Tenés algún baterista que te guste escuchar? Uno que disfrutes especialmente…

Todos. Hay tantos buenos y tantos estilos de música diferentes. No existe nadie que toque todo bien ¿entiendes? Entonces hay muchos que en los suyo son geniales. Y además lo que me sucede a mí desde hace muchos años, inclusive con la pandemia, es que me va quedando menos tiempo para escuchar música y a veces prefieres oír lo que ya conoces y sabes que es formidable, en lugar de tratar de buscar algo nuevo. En la música moderna hay muchos que tocan los instrumentos a unos niveles increíbles, pero la música yo siento que no tiene los aires de toda la música que se hizo en los 80´s y 90´s. O sea, todas las grandes obras de Miles Davis, Chick Corea, Herbie Hancock, que obviamente no es la música que yo estoy haciendo ahora, pero cuando tengo que escuchar algo me pongo discos de Chick Corea o a Steve Gadd, que son grandes maestros.

¿Y de Argentina escuchas algo de música?

En argentina soy amigo del Pipi Paizzolla, me encantaría volver.

¿Escuchaste tango, folclore?

Si folclore escuché folclore, pero más que nada el de Uruguay

Vi que estas ensayando con banda nueva…

Estoy ensayando con una banda nueva que tengo aquí, Los del Bar (risas), que con ese nombre no hace falta explicar mucho. Es una banda para divertirse y pasarla súper, pero también son unos músicos muy buenos. Suena muy bien porque lo hacemos con felicidad y eso hace que la fiesta se multiplique.

¿Te gusta el vino?

¡Sí! Mucho (risas). En Argentina he estado en Mendoza y probé el vino de allá. Pero se más de los vinos italianos porque viví un par de años en Roma y allí entré un poco más en esa cultura ¿Sabes? Hay un vino Amarone que es mi favorito; se produce en la región de Valpolicella, cerca de Verona en el norte de Italia. Barolo también es un buen vino y soy bastante fanático

¿Preferís los tintos, rosados o blancos?

A mí me gusta el tinto, sí.

Acá en La Rioja (Argentina) hay una cepa de vino tinto que es el Petit Verdot, que se da muy bien por la variación térmica y la altura de los viñedos. Cuando estés por Argentina te vamos a regalar unas botellas para que pruebes.

(Risas) Como no, encantado. ¡Espero pronto estar ahí!

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