Viajar es un placer. Destino: Vietnam

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No googleé nada de Vietnam antes de ir. Arranqué las páginas de la Lonely Planet ‘Southeast Asia’ de una amiga que ya la había usado.

No las leí en el avión, quería terminar el libro de Dani Umpi. No sabía que me iba a encontrar con una amiga, de casualidad, apenas llegado y que íbamos a hacer juntos un viaje de casi un mes, recorriendo Vietnam de punta a punta.

Me gusta pensar que las cosas que uno dejo pendientes vuelven para hacerse realidad y ese fue el caso de Vietnam: cuando estuve en el sudeste asiático hace un par de años no había podido ir y esta vez podía visitarlo. No sabía que Vietnam tiene la economía con más proyeccion de todo el sudeste asiático. Tampoco sabía que la capital era Hanoi, ni que absolutamente toda la población se maneja en moto: hay 8 millones de motocicletas y 7 millones de habitantes, un hermoso caos. Vespa vende más motos en Vietnam que en Italia.

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Apenas llegue a Hanoi, sin saber dónde estaba mi hostel, pregunté por indicaciones y un señor me dijo: subí a la moto. Me llevó al hotel, gratis, sin pedir nada a cambio. En su moto. Cuando le pregunté el nombre, me dijo algo que obviamente no se cómo escribir, pero inmediatamente después, agregó: quiere decir “sol”. Él un sol por haberme llevado y haberme hecho sentir que ese mes en ese país iba a ser inolvidable. Si las ciudades hablan, Hanoi grita. Pero es imposible callarla o abstraerte: no tenés otra que entregarte y tomar cervezas. Muchas. Y darte cuenta que esa enloquecedora orquesta de ruidos no es más que un conjunto de buenas intenciones que se manifiestan así: en gritos. Y reirte. Y no querer irte. De Hanoi fuimos para el norte, a Sapa. No sabía que en el norte había montañas y que se cultivaba arroz en terrazas, que me obsesionan. Dormimos una noche en un asentamiento de la tribu H’mong, corazones que no entendíamos como entraban en el pecho de lo grande que eran a pesar del piso de tierra. De Sapa fuimos a de crucero (si hay miseria que no se note) a Halong Bay, el hit turístico de Vietnam. Cuenta la leyenda que bajaron dragones y escupieron perlas que se habrían transformado en estas casi 3000 islas, que todas juntas, en el medio del mar, te sacan la respiración. Cuenta la leyenda, también, que si las bebidas no están incluidas estarás sediento 2 días. Ya lo dijo Cerati: lo terrible del mar es morir de sed.

Desde Halong bay hasta el sur, recorrimos playas hermosas. Y ningún día empieza mejor que esos en que te levantas y desayunas con la malla puesta. Y ninguna noche termina mejor que esas en que te sacas la malla y te tirás desnudo al mar. La costa de Vietnam: auténtica como todo en este país. Así recorrí Hoi An, Nah Trang, Mui Ne, para llegar a Ho Chi Minh City, la ciudad más occidental del país, al sur, dónde la espantosa guerra mostró lo peor de si. El Museo de Guerra de Vietnam es bastante denso a nivel espiritual, es imposible que te de lo mismo o que no te generen nada las imagenes expuestas: las secuelas del “agente naranja” y armas quimicas que Estados Unidos utilizó en el territorio, devastando bosques, aguas, rios, y deformidades genéticas en las generaciones que siguieron. La guerra, la cosa con menos sentido o explicación que existe.

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De Ho Chi Minh, partimos para el delta del Mekong, el río más emblático que Asia que desemboca en Vietnam en forma de delta y cuyo mercado flotante es uno de los más lindos de Asia. Ahí tambien hubo una guerra pero fue contra los mosquitos: entre la humedad y la sangre humana parecen haber encontrado su Meca.

Y para tener un último respiro antes de volver a trabajar, fui en ferry a Phu Quoc, la isla más paradisíaca de Vietnam, muy cerca de frontera con Cambodia. Ahí conocí a dos españolas con las que alquilamos motos y anduvimos por caminos inhóspitos para llegar a playas vírgenes, cual película de acción y como si fueramos Jean Claude. Jean Claude Vietnam.

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