Charlie Hebdo: Reflexiones entre balas y Tinta

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La masacre de Charlie Hebdo es uno de los hechos más impactantes a nivel mundial de este 2015 que comienza.

En una Europa golpeada por la xenofobia, el atentado que dejó 17 muertos en París ofrece uno de los mayores desafíos para la política internacional de los próximos años. La noticia más fuerte del nuevo año a nivel mundial fue el sangriento atentado en las oficinas de redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, todo un símbolo de la izquierda (caviar) francesa, y famosa en tiempos recientes por levantarse desafiante frente a las amenazas de terror de cierto sector del Islam que se niega a ver representado al profeta Mahoma de ninguna forma, mucho menos en burla o sátira.
Los datos duros: el 7 de enero de 2015, dos hombres encapuchados ingresaron a la fuerza en la redacción de la revista y abrieron fuego con armas automáticas. Masacraron a 10 personas, muy notablemente a sus principales dibujantes, incluyendo al director del medio gráfico y huyeron a la calle donde sumaron dos policías a su raid asesino. Días más tarde, el 9 de enero, mientras los medios luchaban la batalla por la interpretación, la policía francesa rodea a los dos culpables: los hermanos Chérif y Saïd Kouachi quienes se resisten hasta la muerte. Ese mismo día, un tercer implicado que ya tenía sangre en sus manos, Amedy Coulibaly, es asediado en un supermercado kosher donde matará a otros cuatro inocentes antes de ceder su propia vida.

No hay mucho disentimiento en el mundo occidental sobre una cosa, sin embargo: el repudio total a la masacre, al derramamiento de sangre, al mensaje de terror que intenta dictar lo que se puede o no hacer.

Es difícil hablar de Charlie Hebdo sin pisar en hielo fino. Los medios de comunicación lanzaron su propia guerra para ofrecer sentido a un público asustado y, en algunos casos, desesperado. Analistas de todos los colores e inclinaciones políticas se materializaron para dar su lectura de los hechos, algunos con seriedad, muchos con asombroso e irresponsable atolondramiento. Nunca fue tan citable la gastada (al menos en la facultades de periodismo y comunicación) frase de Nietzsche: no hay hechos, hay interpretaciones. No hay mucho disentimiento en el mundo occidental sobre una cosa, sin embargo: el repudio total a la masacre, al derramamiento de sangre, al mensaje de terror que intenta dictar lo que se puede o no hacer. Lo ocurrido el 7 de enero en esas oficinas es una gran tragedia, sin dudas irredimible, absolutamente injustificable.
Pero ¿qué viene después? ¿Qué significa para Francia? ¿Para Europa? ¿Para el mundo? Hablemos un poco, pues, del contexto. No es sencilla la situación francesa, ni antes y mucho menos ahora: es un país que, tras siglos de colonialismo (verdadero colonialismo, de invasión y conquista sangrienta de vastos territorios de África, América y Asia) hoy es poseedor de una sociedad profundamente multicultural. Los jóvenes asesinos eran, efectivamente, agentes de Al-Qaeda; pero no eran inmigrantes, eran franceses de primera generación. Son estos los hijos de las semanas de fuego de 2005 donde las minorías descendientes de inmigrantes incendiaron autos en los suburbios de París, cuando, abandonados por el Estado, comprendieron que se puede nacer bajo la bandera tricolor, pero si la piel es oscura no valen para ellos los principios de esa insignia.
Francia es un país que se negó a integrar, se jactó de abrir las puertas pero prefirió marginalizar. ¿Por qué sino, un ciudadano francés, del “primer mundo”, optaría por alojarse bajo el ala y la influencia de las sectas terroristas de las que escaparon sus padres?

Y el caso francés es el paradigma de la situación de toda la Unión Europea. La UE en crisis que hoy se juega su futuro en una feroz pelea entre la renovada izquierda (Syriza en Grecia, Podemos en España) y la ultraderecha xenófoba (el Front National de Marine Le Pen, o el movimiento Pegida en Alemania). Puede parecer sumamente ilógico que los ataques de París hayan tenido como objetivo a una publicación de izquierda y no a una de ultraderecha que busca, efectivamente, eliminar la presencia del Islam en Europa. Sin embargo no es tan extraño si se vislumbra el juego perverso que la Derecha juega con los extremistas islámicos, porque ambos buscan los mismo: la ruptura entre “occidente” y “oriente”, que cada facción vea al otro como un extraño, un bárbaro al que se debe temer y odiar. Así es más fácil invadir, abusar.
Es importante repudiar la barbarie de los homicidios y defender a ultranza la libertad de expresión ¿Pero de qué manera? Hollande no tardó ni una semana en enviar un portaaviones a Siria para “combatir al grupo terrorista Estado Islámico”, y sin dudas los misiles franceses lo harán, pero también se cobrarán las vidas de muchos civiles cuyos dolientes jamás olvidarán la barbarie del “diablo occidental”.
Charlie Hebdo debería enseñarnos a mirarnos a nosotros mismos y aprender a reaccionar frente al odio de la manera correcta. Como lo hicieron los miles de alemanes que salieron a contramarchar a los neo-nazis de Pegida cuando ellos mismos pensaban que nadie se les plantaría tras los atentados. No es con odio y temor que se gana la batalla con Charlie Hebdo, es con solidaridad porque todos somos víctimas del extremismo, el Islam y sus fieles también.

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