Arte | Ser y estar. Sobre la perfomance

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Un hombre en lo alto de un andamio pintando una sala de blanco. Un grupo de personas separan granos de arroz de lentejas y llevan la cuenta en papeles blancos.

Diez hombres y mujeres en hilera se mueven como una puerta giratoria. Una mujer yace en una camilla esperando que el público corra la sábana blanca que cubre su cuerpo y la observe. Todas estas acciones parecen inconexas pero sin embargo guardan entre ellas más que este relato en común: se desarrollan en vivo, buscan convertirse en una experiencia transformadora, llevan a la reflección y son realizadas por artistas que ponen el cuerpo para desarrollarlas. Estas obras tienen en común que, de ser encasilladas en alguna definición clásica, sería en la de “arte performático”.


 

Como es sabido la superación de la representación mimética de la realidad es una de las primeras batallas ganadas por el arte de vanguardia, a la que le siguió la irrupción de la acción en el terreno de las artes plásticas, primero desde el gesto que usaban para estampar, pintar o grabar y, luego, separándose definitivamente para convertirse en una rama de peso propio entre cuyas variables se cuenta la performance.

Así, el “objeto de arte” es corrido de la escena y lo que sostiene y encarna el sentido es el cuerpo en acción. El soporte y la herramienta de la performance es el cuerpo, lo que la diferencia del happening, donde la obra radica en la participación del público.

Sin embargo, ambas tienen en común su carácter de efímero y, por tanto, el registro documental como forma de perpetuar la obra.

La performance cobra fuerza en todo el mundo en los años 70, pero la concepción de estas obras encuentra antecedentes por ejemplo en los años 20 con el dadaismo, del que rescata la virtud comunicativa de la obra como aspecto central. En el año 1952, el músico John Cage presenta la obra “4’33” en la que el músico entra, permanece en silencio sentado frente al piano durante 4 minutos con 33 segundos para luego dar por terminada la sesión. En 1960, el Yves Klein pinta el cuerpo de mujeres con su “azul Kleim” para que luego ellas impriman sobre lienzos sus “Antropometrías”. El artista alemán Joseph Beuys en su obra “I like america and America likes me” de 1974 convive con un coyote durante tres días en una galería, a la que fue trasladado envuelto en fieltro, sin mirar al exterior, como signo de repudio a la política belicista de la Casa Blanca. La confrontación entre Beuys y el coyote simbolizan la reconciliación entre la cultura y la naturaleza.

1-«Osías Yanov. VI Sesión en el Parlamento». Registro de performance  - MALBA - 2015 (4) Hurlingham, Buenos Aires. 2014   2-«Diego Bianchi y Luis Garay- Under de Sí - Bienal de Performance 2015 - Buenos Aires (1)» Costa Atlantica, Buenos Aires.  3- «Allora & Calzadilla - Puerta giratoria» Experiencia Infinita - Malba - 2015 - 2 4-«Regina Galindo - Reconocimiento de un Cuerpo» - CCEC - 2008 (3) 5-«Martín Sastre en la Casa Rosada - Eva Volveré y seré performers» - Bienal  de Performance 2015 - Buenos Aires -  (2). 6-«Pierre Huyghe - Player - Experiencia Infinita»- Malba - 2015
1-«Osías Yanov. VI Sesión en el Parlamento». Registro de performance – MALBA – 2015 (4) Hurlingham, Buenos Aires. 2014
2-«Diego Bianchi y Luis Garay- Under de Sí – Bienal de Performance 2015 – Buenos Aires (1)» Costa Atlantica, Buenos Aires.
3- «Allora & Calzadilla – Puerta giratoria» Experiencia Infinita – Malba – 2015 – 2
4-«Regina Galindo – Reconocimiento de un Cuerpo» – CCEC – 2008 (3)
5-«Martín Sastre en la Casa Rosada – Eva Volveré y seré performers» – Bienal
de Performance 2015 – Buenos Aires – (2).
6-«Pierre Huyghe – Player – Experiencia Infinita»- Malba – 2015

Quien instaló las performance en el imaginario argentino fue, junto a los artistas del Instituto Di Tella, Marta Minujín, que nos tiene acostumbrados a su grito “Arte Arte Arte”, a sus gigantescas construcciones como el partenón de libros instalado en la 9 de Julio con el regreso de la democracia y la destrucción como parte de la obra con trabajos como el “Gardel de fuego” en la IV Bienal de Medellín o “La destrucción”, una de sus primeras obras en la que quema toda su producción en un terreno baldío en París.

Sin embargo, a nivel mundial fue la serbia Marina Abramovic quien lleva la bandera de la performance a lo más alto, con una extensa carrera en la que ha investigado y empujado los límites, exponiéndose a todo tipo de riesgos: asfixia, cortes, congelamiento y más. Una de sus grandes obras fue realizada en 1977 junto a Ulay, su pareja en el arte y en la vida, llamada “Breathing in/breathing out” en la que unieron sus bocas y respiraron por ellas durante el tiempo que fuera posible. Duró 17 minutos y cayeron inconscientes por el dióxido de carbono que se intercambiaron. Este tipo de obras de gran potencia comunicativa y conceptual, en busca del control de su cuerpo y de la audiencia, que reflejan los valores y comportamientos sociales, son características de Marina Abramovic.
Con el paso del tiempo la performance fue dejando su lugar periférico en el mundo del arte y se consolidó ingresando con mayor fuerza y asiduidad a los espacios legitimadores como son museos, galerías de arte o bienales, no sólo con la realización en vivo de acciones sino también con exhibiciones que muestran los registros de obras realizadas hace tiempo. En la actualidad nos encontramos gran parte del tiempo frente a una pantalla que media nuestras relaciones y es quizás por ello que la performance cobra fuerza, por la proximidad y cercanía con el cuerpo del otro, por lo orgánico y simultáneo de su propuesta.

Fue con esta pretensión de cercanía y proximidad que en el año 2007 Regina Galindo en el Centro Cultural España Córdoba realizó la performance “Reconocimiento de un cuerpo”: ella yacía en una camilla dopada y los asistentes debían correr la sábana blanca que la cubría para reconocerla, ejercicio que se vuelve político cuando denuncia la desaparición de personas.

“En la actualidad nos encontramos gran parte del tiempo frente a una pantalla que media nuestras relaciones y es quizás por ello que la performance cobra fuerza, por la proximidad y cercanía con el cuerpo del otro, por lo orgánico y simultáneo de su propuesta.”

Este año en Buenos Aires se realizó la Bienal de Performance 2015 con artistas de todo el mundo entre los que se cuentan a Martín Sastre, quien participó con la obra “Eva: Volveré y seré performers” en la que propone durante 1 minuto experimentar lo que sintió Eva Duarte en su discurso final del 1 de mayo de 1952 cuando se dirigió a los trabajadores.

Diego Bianchi y Luis Garay realizaron “Under de Sí” en la que exploraron la relación que los cuerpos humanos entablan con las mercancías y los límites borrosos entre esas mercancías, la materialidad y “lo humano”.

Por su parte, el Malba se sumó a esta propuesta con la muestra “Experiencia infinita” en la que plantean la posibilidad de un museo viviente donde las obras hablan, actúan y se mueven. Allí, se exhiben trabajos de ocho artistas: Allora & Calzadilla, Diego Bianchi, Elmgreen & Dragset, Dora García, Pierre Huyghe, Roman Ondák, Tino Sehgal, y Judi Werthein. Simultáneamente se presenta la muestra de Osías Yanov “VI Sesión en el parlamento”, en la que el artista investiga el lenguaje de acción que se produce en el encuentro entre la escultura y el cuerpo, pero borrando de este toda identificación de género para vincularse más profundamente con su condición.

Así, es mediante la performance que el arte interpela nuestro comportamiento y nos propone volver a contactarnos con lo humano y lo natural, asumiendo lo fugaz y perecedero como parte del encanto y la magia, fascinándonos con la proximidad y lo semejante en carne viva y sin mediaciones.

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